Archivos de la categoría Drama

Farsa

Farsa – (Juan Goyanarte)

Después de “Lago Argentino, y luego de la presencia de obras intermedias como “La quemazón, “Fin de semana, “Campos de hierro, “Kilómetro 25… era de esperar la realización de otra obra de gran envergadura y de alcances universales como es aquella obra, ya clásica de la literatura argentina. La espera está satisfecha.

Farsa es el escenario y son los personajes de un drama íntimamente americano, de nuestra actual América: la realidad social ha cobrado tal grado de cosa insólita (en decadencia y, por contraste, en altura), que se confunde con trazos de leyenda, y la leyenda es aprovechada con un sentido económico tal, que desfigura el rostro de la belleza. Probos o traidores, decentes o luctuosos, constructores o asesinos: los personajes enfrentan el rostro impasible del drama, que es general. Y el amor, al caer sobre ellos con una fuerza desencadenada, se parece a un alud de corrupción, de miseria y de pena.

¿En dónde cabía semejante acción? En América, en la América al mismo tiempo blanca, indígena y mestiza. No valía la pena aludir a determinado país. Sin pecar de exagerados, acertarán aquellos que descubran en el país de Farsa una síntesis de las realidades nacionales de este Continente.

Juan Goyanarte ha dado tiempo y constancia a su obra, es decir, a las necesidades de su oficio; pero además ha ido más allá y, en el sitio de la desgracia o de la desventura, ha puesto la crítica, y en el de la crítica ha colocado la piedad, y en el de la piedad ha hecho erguirse la esperanza. Con mucho menos son saludadas hoy novelas de aquí y de allá. Su estilo eminentemente claro, porfiadamente claro, de una claridad que obliga a veces a cubrirse los ojos por el resplandor de los caracteres, las situaciones y los desenlaces, era el justo, el que se imponía. Lejos de las novedades puramente formales que tanto hacen en favor de nuestro engatusamiento, Juan Goyanarte ha obtenido, en esta Farsa llamada a perdurar en el recuerdo y en el entusiasmo de todos cuantos se asomen a ella, una exposición de tan diáfana sencillez, de tan ilustre naturalidad, que ahorra al lector el obstáculo de las palabras para imbuirlo de una vez por todas en el océano de las pasiones al rojo.

Las cenizas de Ángela

Las cenizas de Ángela – (Frank McCourt)

Cuando recuerdo mi infancia, me pregunto cómo pude sobrevivir siquiera. Fue una infancia desgraciada, se entiende: las infancias felices no merecen que les prestemos atención. La infancia desgraciada irlandesa es peor que la infancia desgraciada corriente, y la infancia desgraciada irlandesa católica es peor todavía.

Así comienzan las memorias luminosas de Frank McCourt, que nació en Brooklyn en la época de la Depresión, hijo de padres recién llegados de Irlanda como inmigrantes, y se crió en los suburbios de Limerick, Irlanda. La madre de Frank, Ángela, no tiene dinero para dar de comer a sus hijos porque el padre de Frank, Malachy, rara vez trabaja, y cuando trabaja se bebe su sueldo.

Las cenizas de Ángela está empapado en todas sus páginas del asombroso humor y compasión de Frank McCourt. Es sorprendente que el autor haya vivido para contarlo. Que haya podido crear, a partir de esa miseria y esa pobreza, una obra maestra impecable es pura y simplemente milagroso. Una obra extraordinaria en todos los sentidos. El autor recupera mágicamente el amor, la dignidad y el humor de una infancia marcada por el hambre, la muerte y el dolor.

El jugador

El jugador – (Fedor Dostoievski)

La primera idea de este relato parece datar de unos tres años antes; por aquel entonces Dostoyevski pensó en escribir una novela sobre el tema del juego, ambientándola en alguno de los balnearios alemanes que solían frecuentar los rusos en sus viajes por la Europa occidental; balnearios como los de Wiesbaden, Baden-Baden, Homburgo y Ems, que eran al mismo tiempo verdaderas capitales del juego, y que el escritor conocía bien, para su desgracia.

El jugador es una pieza básica en el edificio de la obra de Dostoyevski, conteniendo absolutamente todas las características de sus novelas más famosas, esto es, morbosidad, dramatismo, tensión casi intolerable, agresividad y revelación punzante y sutil de estados anímicos vividos y sufridos por el genial escritor. Dos pasiones principales campean en este libro: la del juego, que envenenó al propio autor, hasta pocos años antes de morir, y la de un amor hecho de humillaciones, confusiones y odios. Ruina, demencia, engaño y desengaño son sólo algunas de las explosivas turbulencias que un hombre, Alexei Ivanovich, desencadena en un paraíso cogido con alfileres.

Dostoyevski traslada todas estas experiencias a su obra con el propósito de liberarse de una pasión funesta, objetivizándola en un libro y dominando unos recuerdos obsesionantes, como antes había sublimado los negros años de su estancia en un penal de Siberia.

Los demonios de Loudun

Los demonios de Loudun – (Aldous Huxley)

Los demonios de Loudun (primera edición inglesa en 1952), es un ensayo interpretativo sobre un célebre caso de supuesta posesión diabólica. El el año 1631, en la ciudad francesa de Loudun, las monjas de un convento de ursulinas, encabezadas por la priora, Sor Juana de los Ángeles, afirman estar poseídas por el Maligno y acusan como responsable a Urbain Grandier, un cura conocido en Loudun por su ambición y su vida poco ejemplar.

En el proceso, en el que se mezcla la buena fe con la ignorancia y la superstición y las pasiones humanas, la alta política, representada por el Cardenal Richelieu, acaba decidiendo la suerte de Grandier, quien muere en la hoguera. Tras haber inspirado a escritores como Dumas, Vigny y Michelet, el tema ha pasado recientemente a la ópera “Los diablos de Loudun, de Penderecki” y al cine en la película polaca “Madre Juana de los Ángeles, de Jerzy Kawalerowicz“, y en la británica “Los Demonios, de Ken Russell

Su majestad el hambre

Su majestad el hambre – Cuentos brutales – (Ernesto Herrera)

Había frente a él una regia mesa,
toda cubierta de manjares extraños
y sangrientos como él”

La bohemia y el anarquismo conformaron el estilo feroz de Ernesto Herrera (Montevideo, 1889-1917), lástima que muriese un mes antes de cumplir veintiocho años.

Poetas, prostitutas, miserables, todos hambrientos y siempre invisibles. En las narraciones de Ernesto Herrera, la legión de los marginados abandona las sombras y se planta con orgullo ante la sociedad burguesa para desafiarla. Los sin voz tienen la palabra y, en nuestra edición, con las ilustraciones de Ana Dueñas, ahora también tienen rostro.

Publicados originalmente en Uruguay en 1910 e inéditos hasta la fecha en España, los cuentos incendiarios de “Su majestad el Hambre” nos devuelven a la necesidad de preguntarnos qué y quiénes gobiernan nuestras vidas.

Herrera pertenece a la noble categoría de los inquietos. ¡Santa inquietud, madre de las cosas! Vosotros los satisfechos, sabed que vuestra felicidad no es sino la sensación de lo que lleváis de difunto dentro de vosotros

(Rafael Barrett)

Ernesto Herrera (Montevideo – 1889-1917), nacido bajo el nombre de Nicolás Herrera Lascazes, se inició en la escritura a una edad temprana, lo que le valió el sobrenombre de “Herrerita” en el círculo de intelectuales que frecuentaba. Con ellos fundó “Bohemia: una Revista de Arte“, en la que publicó la mayor parte de sus cuentos, a menudo con el seudónimo de “Ginesillo de Pasamonte“. Firmó también poemas y crónicas, pero el mayor reconocimiento le llegó como autor de teatro con el estreno de su drama “El león ciego (1911)”, que se ha convertido en pieza de referencia en el teatro uruguayo moderno. Desde niño sufrió afecciones respiratorias, que finalmente le causaron la muerte a un mes de cumplir veintiocho años.

El Doctor Fischer de Ginebra

El Doctor Fischer de Ginebra

El Doctor Fischer de Ginebra o La reunión de la bomba – (Graham Greene)

Cincuentón sumido en la rutina de una existencia gris, Alfred Jones tenía buenos motivos para considerar que la vida era poco atractiva… hasta que conoció a Anna-Luise y se enamoró de ella. Hermosa, rica, joven y enamorada a su vez de Alfred, la muchacha había de ser también, fatalmente, el vínculo entre él y su padre (su aborrecido padre), el enigmático doctor Fischer. ¿Qué aberrante curiosidad, qué género de indagación motivaba los actos de ese hombre? Anfitrión fastuoso y bromista muy especial, el doctor Fischer ofrecía brillantes fiestas que eran auténticas trampas, redes sutilmente tendidas para atrapar a sus huéspedes y divertirse observando hasta qué punto lleva la codicia a los hombres a someterse a las más degradantes humillaciones. Una diversión de “gran guiñol”, un juego macabro que podía llegar al extremo de poner la propia vida como apuesta.

El drama y la farsa se mezclan aquí con preciso equilibrio: ciertamente la codicia y la avidez de los hombres pueden llegar a lindar con lo grotesco; pero también existe la dignidad  —o, si se prefiere, la integridad—  capaz de desbaratar todo intento de rebajar el fondo más íntimo del hombre.

Las brillantes dotes creadoras de Graham Greene, su talento cómico, su capacidad para intensificar gradualmente el suspense, su don para explorar e iluminar los más escondidos repliegues de la naturaleza humana, se combinan ahora en un relato magistral, a su vez cautivador e inquietante.

Raices

Raices

Raices – (Alex Haley)

Cuando Alex Haley era un niño, en Henning (Tennessee), su abuela solía contarle historias sobre su familia, hasta un antepasado que ella llamaba “el africano“. Contaba que ese hombre había vivido al otro lado del océano, cerca de lo que él llamaba “Kamby Bolongo” y que un día cuando estaba cortando un tronco en el bosque para fabricarse un tambor, fue atacado por cuatro hombres, apaleado, encadenado y arrastrado a bordo de un barco de esclavos con destino a la América Colonial.

Alex Haley creció con el recuerdo vivo de esas historias, y comenzó la búsqueda de documentación que pudiera autentificar las narraciones oídas. La investigación le ocupó durante doce años y tuvo que recorrer 800.000 kilómetros, pero al fin, descubrió no solamente el nombre de “el africano”  —Kunta Kinte—  sino también la localización precisa de Juffure, el lugar real de Gambia, en la costa Oeste de África, en la que fue prendido en 1767 a la edad de 16 años, hacinado en el Lord Ligonier hasta Maryland y vendido a un plantador de Virginia.

Así ha escrito el drama monumental de doscientos años de Kunta Kinte y las seis generaciones que vinieron tras él  —esclavos y libertos, campesinos y herreros, aserradores y encargados de coche-cama, abogados y arquitectos–,  y un escritor.

Pero Haley  ha hecho algo más que recapturar la historia de su propia familia. Ha redescubierto a un pueblo entero una rica herencia cultural que la esclavitud les arrebató, como les arrebató sus nombres y su identidad.

Los Inconsolables

Los inconsolables

Los Inconsolables – (Kazuo Ishiguro)

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables.

Los Inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.

Ishiguro traza el mapa de un territorio estético que le pertenece sólo a él. Es un lugar de una belleza escalofriante, descrito en términos prosaicos que lo vuelven aún más misterioso. Esta vez su enfoque es el de literatura fantástica, y su tono mucho más feroz y más excéntrico que el de sus novelas anteriores

Comienza como uno de los libros más divertidos que he leído nunca, y termina como uno de los más desolados. Todos sabíamos que Ishiguro estaba entre los mejores escritores ingleses, pero después de sus exquisitas miniaturas, anhelábamos un libro más transgresor y peligroso. Y aquí está.”

Mariana Pineda

Mariana Pineda

Mariana Pineda – (Federico García Lorca)

La pérdida del manuscrito o de un libreto apógrafo, reproducido por la única edición de Mariana Pineda en vida de su autor, en 1928, en la revista teatral La Farsa, continúa planteando un problema textual. Las múltiples y constantes diferencias que se han producido en las ediciones posteriores hacen necesaria una edición crítica que fundamente el texto lorquiano válido y lo estudie desde una perspectiva literaria y genética. Este es el propósito de la edición que aquí presentamos.

Mariana Pineda se inscribe en el contexto de la lucha política entre monárquicos y revolucionarios durante el reinado de Fernando VII. Si bien puede tomarse como una historia de pasiones amorosas, Mariana Pineda habla esencialmente sobre la posibilidad de rebelarse en épocas de opresión. Coloca al personaje central en la categoría de mito y, como en los romances populares, lo transforma en un símbolo que trasciende el caso individual y lo proyecta socialmente.

Una joven granadina es encarcelada en 1831 por haber mandado bordar la bandera que servirá de insignia a una insurrección liberal. Le prometen la libertad si delata a sus jefes, pero, al negarse, es condenada a muerte y ejecutada. Federico García Lorca (1898-1936), poeta dotado de fuerte temperamento y gran originalidad, fue una de las figuras más representativas de la Generación del 27. En su obra conjuga sabiamente tradición y modernidad, y trata con gran carga simbólica y aparente sencillez los grandes temas del amor y la muerte.