Archivos de la categoría Antiguos

Jerónimo Feijoo III

P. Jerónimo Feijoo III – (Antología) – (J. de Entrambasaguas)

Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes: ¿Qué acierto, se puede esperar, de sus resoluciones? Antes es de creer que la multitud añadirá estorbos a la verdad, creciendo los sufragios del error.

Siempre alcanzará más un discreto solo, que una gran turba de necios; como verá mejor al sol un águila sola, que un ejército de lechuzas.

El vulgo, el juez inícuo del mérito de los sujetos, suele dar autoridad contra el sí propio de los hombres literatos, y constituyéndolos en crédito hace su engaño poderoso. Las tinieblas de la popular rudeza cambian el tenue resplandor de cualquiera pequeña luz en lucidísima antorcha; así como la linterna colocada sobre la torre del faro, dice Plinio, que parecía desde lejos una estrella a los que navegaban de noche en el mar de Alejandría.

Don Juan Valera

Don Juan Valera – (Antología) – (Emiliano Aguado)

Bien acostumbrados estamos a no sentir la belleza de un paisaje que se nos describe como el más encantador del mundo ni a encontrar por ninguna parte la bondad, la perspicacia, o la perversidad de unos personajes que se nos presentan como los más buenos, perspicaces o perversos de los hombres. Y este hecho, que está al alcance de cualquier fortuna, puede explicarse de maneras bien distintas, aunque no brote más que de esa mirífica disonancia en que viven los que no han conseguido acomodar sus medios de expresión a los sentimientos que el mundo y el paso de la vida van dejando en su alma.

Vázquez de Mella

Vázquez de Mella  – (Antología)

Este no es un Mella partidista. Y no sólo porque él no lo fué, sino porque no conoció partidismo jamás. Los grandes hombres de España, vistos a través del prisma y su terrenal estilo, no son sólo grandes, sino que todos ellos siguen el camino recto y seguro del servicio patriótico. Si pudieron parecer en otro tiempo de derechas o de izquierdas, se debió a un prejuicio falsamente planteado. Si se encuadraron en partidos, no arrancó tanto de la lógica de sus opiniones como de la coacción de las circunstancias y del ambiente.