Archivos mensuales: enero 2018

El tiempo del desprecio

El tiempo del desprecio – (André Malraux)

André Malraux pudo no haber escrito más que este libro, más que este título, que es un libro por sí sólo, para ganar de esa manera un lugar en la historia literaria contemporánea.

Malraux es un escritor, un hombre, una conciencia lúcida, un poeta ardiente, un hombre de acción y de lucha, que sabe que la palabra puede más que las balas, pero que en ciertas oportunidades las balas se encargan de rubricar aquello que las palabras gritan. Es escritor y combatiente, poeta y político. Está siempre en los puestos de lucha: en Teruel y en África del Norte, en una imprenta y en un ministerio, en el maquis y en los cielos cruzados de aviones enemigos.

Este libro suyo fué la profecía de Daniel, el grito desesperado de Catón, la angustia de una conciencia llena de amor ante un mundo que asistía con un egoísmo horroroso y suicida a su propia desintegración. Este libro gritó, cuando fué necesario, lo que era el mundo canalla del nazismo. Aun sigue gritando lo que podría llegar a ser el mundo incierto, confuso, triste y enfermo de hoy, si se permite brotar la raíz más pequeña del nazi más insignificante en la zona más alejada y desconocida del mundo.

Este es un libro que sigue acusando a los muertos, pero que no quisiera ya acusar a ningún otro ser humano por los tiempos de los tiempos.

Algunas mujeres no esperan

Algunas mujeres no esperan – (Erle Stanley Gardner)

Bicknell replicó:

–Por eso preferiría que se encargase de esta misión una mujer. Vine aquí porque sé que la señora Cool es persona muy competente, decidida y de grandes recursos. Pensé que podría encontrarse con Mira, cultivar su amistad e informarse sobre el peligro en que se encuentra.

–¿Supone que ha sido víctima de algún chantaje?

–Estoy seguro.

–Entonces, ¿qué clase de protección quiere para ella? ¿Desea usted que sea detenido el chantajista?

–Sólo quiero que él… Bueno, lo que quiero es que sea eliminado, que desaparezca de la escena.

–¿En qué forma?

–La forma no me importa, señor Lam.

–¿Por qué no puedo ir allí en avión? –pregunté–.  Si la señora Woodford se encuentra en peligro, me parece una gran pérdida de tiempo…

Bicknell me interrumpió:

–Quiero que usted vaya allí y haga el viaje en barco porque así tendrá ocasión de entrar en contacto con una persona a bordo.