Los Guerrilleros

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Los Guerrilleros – (Jean Larteguy)

Este libro ha sido escrito en colaboración con mi amigo Louis Sapin, que me arrancó, no sin hacerme daño, de la vieja Asia, lógica hasta el absurdo, dinámica, hormigueante de vida, preñada de toda la historia del mundo, para arrastrarme a este continente latinoamericano, vacío aunque posea todas las riquezas, agotado aunque todavía no haya intentado nada grande, ebrio de libertad, pero sometido a todas las oligarquías anacrónicas e insoportables.

La sombra del viejo loco de Don Quijote vagabundea en sus desiertos y en sus selvas, sus altiplanos y cordilleras acompañado solamente por un indio desdentado, borracho, taciturno y que le odia, su Sancho Panza.

En verdad que si esta revolución latinoamericana ha de tener un manifiesto, no será jamás el del partido comunista. El comunismo está hoy en día demasiado desgarrado por sus contradicciones internas y externas, demasiado desecado por su dogmatismo, demasiado deshumanizado por su burocracia. No llega a curarse de las viruelas que contrajo casi al nacer: el estalinismo.

Ha habido demasiados comunistas que perdieron la dignidad adorando al autocrator para que otros hombres, más sedientos aún de dignidad que de pan, puedan seguirles sin desconfiar de ellos. Si aquella revolución ha de tener un profeta, tampoco será Karl Marx con su jerga dificultosa y sus ideas razonables, pero hoy pasada de moda. Su profeta o su guía será más loco que cuerdo, hombre de acción antes que político. Su doctrina, deberá inventarla a medida que vaya apagando los incendios que haya provocado y reconstruyendo lo que haya destruido. Seguramente que, para no asustar a los secos y engreídos loros de nuestro continente y para no chocar con su esnobismo, podrá emplear su jerigonza. Pero yo sé que los verdaderos temas de su acción revolucionaria irá a buscarlos en los grandes libros hispánicos, en Cervantes, y tal vez incluso en Miguel de Unamuno, quien escribía:

Me preguntas, buen amigo, si conozco la manera de desencadenar el delirio, el vértigo, una locura cualquiera, sobre esas multitudes de miserables que nacen, comen, duermen, se reproducen y mueren en el orden y la tranquilidad.“… ¿Qué locura colectiva, qué delirio podríamos inculcar a esas pobres multitudes? Pues bien, si, creo que podemos lanzarnos a una nueva y santa cruzada, ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote que está en manos de bachilleres, de los curas, de los barberos, de duques y canónigos. Creo que debemos ir a rescatar la tumba del Caballero de la Locura y arrancarla a los hidalgos de la razón.

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