La conjura de los necios

La conjura de los necios

La conjura de los necios – (John Kennedy Toole)

El destino había dictado sentencia. Ignatius J. Reilly, un gigantesco glotón verborreíco, quisquilloso y arrogante, quien a sus treinta y pocos años aún vivía a expensas de su madre, debía enfrentarse, finalmente a la maldición del trabajo.

Para Ignatius, un espíritu distinto y delicado, fiel a sus propias convicciones, comenzaba una terrible y humillante  odisea. Pero para sus conciudadanos fue como si un castigo implacable en forma de gordo chiflado cayera sobre sus sufridas existencias, ya fuera trabajando de administrativo en una fábrica de pantalones, o como modesto vendedor de perritos calientes.

Oh, Fortuna, oh, deidad ciega y desatenta, atado estoy a tu rueda. No me aplastes bajo tus radios. Elévame e impúlsame hacia arriba, oh diosa

En pleno éxtasis cuasi religioso, encajado en su camisón de franela rojo y con su enorme vientre hundiéndose en el colchón, Ignatius J. Reilly no podía evitar el amenazante bloqueo de su válvula pilórica, ni la inquietud que rondaba en su rolliza cabeza. Es más, como el gran medievalista que se consideraba, estaba seguro que la trifulca que le había montado el patrullero Mancuso en el centro comercial, no era sino el primer trágico indicio del brusco cambio en su rota Fortunae.

Y lo peor era que presentía que lo sucedido no era más que el comienzo. El más vil de los castigos se cernía sobre su peculiar concepción de la delicadeza y el refinamiento: la maldición del trabajo. Y todo por la vulgar deuda de un accidente de coche, con su madre al volante y unas cervezas de más (y él,  en el asiento posterior, básicamente destrozándole los nervios). Cumplidos los treinta años, en los que Ignatius bien podía considerar quizás el clímax espiritual y creativo de su reposada vida, había llegado, tristemente, la hora de procurarse un sustento.

Con su gorra verde de cazador ajustada en la cabeza, una apretadísima camisa blanca y una ancha corbata de flores, el hipersensible, hipercrítico, hipocondriaco e hipopotamesco Ignatius tendría que salir a un mundo para el que no estaba preparado… Aun cuando, el mismo mundo, tampoco lo estaba para él… 

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