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Isadora Duncan

Isadora Duncan

Isadora Duncan

Peregrinos de la ilusión, un buen día  —el año no hace al caso—  llegan a Atenas unos viajeros, unos turistas excepcionales, con sed de tradición, decididos a bañarse en las puras aguas del clasicismo y de la mitología helénica…

La apiñada familia Duncan cree haber encontrado su particular Monte Tabor y proyecta levantar allí su tienda para preparar y gozar de su propia transfiguración. El proyecto no estaba basado sobre cimientos sólidos y el edificio apenas llegó a ser poco más que unos planos y un solar porque los dineros eran tan necesarios como escasos. Es una anécdota que define una forma de ser, una entrañable forma de  utopía.

Hubo de abandonarse la idea pero no se puede hablar de fracaso; la ilusión puede quebrarse pero nunca será un intento fracasado.

La danza fue seguramente la primera expresión de tipo colectivo, la primera respuesta organizada, ritual, del hombre frente a la Naturaleza.

Los más prehistóricos grabados y pinturas en cuevas nos hablan ya de este arte natural, impulsivo, en el que todo organismo sincronizado por medio de unas leyes, una especie de liturgia, respondía a la celebración de una ceremonia, una salida para la caza, una puesta de sol, o más tarde, un nuevo ciclo agrícola.

Isadora Duncan 2

Quizá por esta antigüedad, la danza es una de las artes que más han evolucionado. Y esa evolución es, sin duda, la que ha conseguido un puesto más elevado de expresión a base de esquematismos, abstracciones, etc. En una palabra, la tradición de la danza obliga al ejecutante a una perfección y a un aprendizaje tan severo que difícilmente ninguna de las otras artes se le puede comparar en este aspecto.

Y es fácil comprobarlo. Hoy día, las grandes academias, los grandes centros culturales donde se cultiva la expresión más pura de nuestro cuerpo, la expresión plástica del mismo, encierran, bajo el peso de la tradición, un severo trabajo.

Artículos de Costumbres

Articulos de costumbres Larra

Artículos de Costumbres – (Don Mariano José de Larra)

Un libro de más de un siglo nos habla.

La constancia es el recurso de los feos –dijo la célebre Ninón de Lenclós en sus lindas cartas al Marqués de Sevigné– . Las personas de mérito, que saben que dondequiera han de encontrar ojos que se prenden de ellas, no se curan de conservar la prenda conquistada; los feos, los necios, los que viven seguros de que difícilmente podrán encontrar quién llene el vacío de su corazón, se adhieren al amor, que una vez por acaso encontraron, como las ostras a las peñas que en el mar las sostienen y alimentan.

Estos son generalmente los que, temerosos de perder el bien, que conocen no merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud y hacen con ella el tormento de una vida que deben llenar la variedad y la sucesión de sensaciones tan vivas como diferentes.

Aquella máxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta, porque no a todos les es dado el poder ser inconstantes, es, sin embargo, profunda y filosófica, y aun puede, fuera del amor, encontrar más de una exacta aplicación. Me chocó aquella máxima, y fuese pueril vanidad, fuese temor de que por apocado me tuviesen, la adopté por regla general de mis aficiones. Tuve que luchar en un principio con la costumbre, que es en el hombre hija de la pereza y madre de la constancia. El hombre, efectivamente, se contenta muchas veces con las cosas tales cuales las encuentra, por no darse a buscar otras, como se figura acaso difícil encontrarlas; una vez resignado por pereza, se aficiona por costumbre a lo que tiene y le rodea; y una vez acostumbrado, tiene la bondad de llamar constancia a lo que es en él casi naturaleza.

Pero yo luché, y al cabo de poco tiempo de ese empeño en cerrar mi corazón a las aficiones que pudieran llegar a dominarme, agregado esto a la necesidad de viajar y variar objetos, en que las revoluciones del principio del siglo habían puesto a mi familia, lograron hacer de mi el ser más veleidoso que ha nacido. Pesándome de ver a las mismas gentes todos los días no hay amigo que me dure una semana; no hay tertulia adonde pueda concurrir un mes entero; no hay hermosa que me lo parezca todos los días, ni fea que no me encante una vez siquiera al mes; esto me hace disfrutar de inmensas ventajas, porque solo se soportar a las gentes los primeros 15 días que se las conoce.

¡Que de atenciones en ellas! ¡Qué de sinceros ofrecimientos! ¿Pasaron aquéllos? ¿Se intimó la amistad? ¡Adiós! Como ya de cualquier modo tienen cumplido con usted, todos los desaires todas crudas y acedas respuestas. Pesándome de comer siempre los mismos alimentos, hoy como la francesa, mañana con la inglesa, un día ceno y otro meriendo; ni tengo horas fijas, ni hago comida con concierto. Y esto tiene la ventaja de predisponer para el cólera. Pesándome de hablar siempre en español, tengo amigos franceses sólo para hablar en francés una hora al día: me trato con operistas para hablar una vez a la semana en italiano; aprendí griego por conocer una lengua que no habla nadie, y sufro las impertinencias de un ingles, a quien trato, por darme a entender en el idioma en que decía Carlos V que hablaría a los pájaros.

Pesándome de que me llamen todos los días, desde el año 9 que nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquel con que vine al mundo, y ora fui el Duende Satírico, ora el Pesándome hablador, ora el Bachiller Munguía, ora Andrés Niporesas, ora Fígaro, ora… y qué se yo los muchos nombres que me quedarán aún que tomar en los muchos años que, Dios mediante, tengo hecho propósito de vivir; y si he de decir la verdad, consiste esto en que, a fuerza de meditar, he venido a conocer que solo viviendo podre seguir variando…

Un pedazo de monstruo… a los 27 años se suicidó…