Archivo de la etiqueta: Biografía

Raices

Raices

Raices – (Alex Haley)

Cuando Alex Haley era un niño, en Henning (Tennessee), su abuela solía contarle historias sobre su familia, hasta un antepasado que ella llamaba “el africano“. Contaba que ese hombre había vivido al otro lado del océano, cerca de lo que él llamaba “Kamby Bolongo” y que un día cuando estaba cortando un tronco en el bosque para fabricarse un tambor, fue atacado por cuatro hombres, apaleado, encadenado y arrastrado a bordo de un barco de esclavos con destino a la América Colonial.

Alex Haley creció con el recuerdo vivo de esas historias, y comenzó la búsqueda de documentación que pudiera autentificar las narraciones oídas. La investigación le ocupó durante doce años y tuvo que recorrer 800.000 kilómetros, pero al fin, descubrió no solamente el nombre de “el africano”  —Kunta Kinte—  sino también la localización precisa de Juffure, el lugar real de Gambia, en la costa Oeste de África, en la que fue prendido en 1767 a la edad de 16 años, hacinado en el Lord Ligonier hasta Maryland y vendido a un plantador de Virginia.

Así ha escrito el drama monumental de doscientos años de Kunta Kinte y las seis generaciones que vinieron tras él  —esclavos y libertos, campesinos y herreros, aserradores y encargados de coche-cama, abogados y arquitectos–,  y un escritor.

Pero Haley  ha hecho algo más que recapturar la historia de su propia familia. Ha redescubierto a un pueblo entero una rica herencia cultural que la esclavitud les arrebató, como les arrebató sus nombres y su identidad.

Suave es la noche

Suave es la noche

Suave es la noche – (Francis Scott Fitzgerald)

Una pareja norteamericana que parece tenerlo todo llega a la Riviera francesa y sus destinos comienzan a deslizarse sutilmente hacia el abismo. “Suave es la noche” es una de las mejores novelas de Fitzgerald. “Hay mucho de su propia vida en este atormentado retrato de la opulencia destructiva y el idealismo malogrado“, declaraba su esposa, Zelda.

Autor de “El Gran Gatsby“, entre otras novelas y espléndidos relatos, Francis Scott Fitzgerald (Saint-Paul 1896-Hollywood 1940) ha retratado como nadie a la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras.

Toda la belleza del mundo

Toda la belleza del mundo

Toda la belleza del mundo – (Jaroslav Seifert)

Jaroslav Seifert (Praga – 1901), galardonado en 1984 con el Premio Nobel de Literatura, es uno de los grandes poetas de nuestro tiempo. Subtitulada “Historias y Recuerdos“, Toda la belleza del mundo es su principal obra en prosa.

En este extenso y variadísimo libro de memorias, de constante inventiva y amenidad, sostenido por un sentido del humor, unas dotes de observación y un aliento poético admirables, Seifert reconstruye, sin sujeción alguna a la cronología rigurosa ni a las habituales convenciones del género, la propia vida, la de una ciudad  —Praga—  la de un país entero y la de toda una zona particularmente fecunda de la intelectualidad y la creación artística centroeuropea, que, atenta a las raíces autóctonas y sin perder de vista los vientos de renovación del París de las vanguardias, recorrió, desde los días crepusculares del imperio austrohúngaro hasta la actualidad, un azaroso y vasto itinerario que constituye una de las experiencias culturales y humanas más significativas del siglo XX.

Galería de tipos, archivo de imágenes y anécdotas, creación conmovedora y conmovida de un artista verbal único, Toda la belleza del mundo es una obra esencial de la literatura contemporánea.

Isadora Duncan

Isadora Duncan

Isadora Duncan

Peregrinos de la ilusión, un buen día  —el año no hace al caso—  llegan a Atenas unos viajeros, unos turistas excepcionales, con sed de tradición, decididos a bañarse en las puras aguas del clasicismo y de la mitología helénica…

La apiñada familia Duncan cree haber encontrado su particular Monte Tabor y proyecta levantar allí su tienda para preparar y gozar de su propia transfiguración. El proyecto no estaba basado sobre cimientos sólidos y el edificio apenas llegó a ser poco más que unos planos y un solar porque los dineros eran tan necesarios como escasos. Es una anécdota que define una forma de ser, una entrañable forma de  utopía.

Hubo de abandonarse la idea pero no se puede hablar de fracaso; la ilusión puede quebrarse pero nunca será un intento fracasado.

La danza fue seguramente la primera expresión de tipo colectivo, la primera respuesta organizada, ritual, del hombre frente a la Naturaleza.

Los más prehistóricos grabados y pinturas en cuevas nos hablan ya de este arte natural, impulsivo, en el que todo organismo sincronizado por medio de unas leyes, una especie de liturgia, respondía a la celebración de una ceremonia, una salida para la caza, una puesta de sol, o más tarde, un nuevo ciclo agrícola.

Isadora Duncan 2

Quizá por esta antigüedad, la danza es una de las artes que más han evolucionado. Y esa evolución es, sin duda, la que ha conseguido un puesto más elevado de expresión a base de esquematismos, abstracciones, etc. En una palabra, la tradición de la danza obliga al ejecutante a una perfección y a un aprendizaje tan severo que difícilmente ninguna de las otras artes se le puede comparar en este aspecto.

Y es fácil comprobarlo. Hoy día, las grandes academias, los grandes centros culturales donde se cultiva la expresión más pura de nuestro cuerpo, la expresión plástica del mismo, encierran, bajo el peso de la tradición, un severo trabajo.

Pericles el Ateniense

Pericles el ateniense

Pericles el Ateniense – (Rex Warner)

Rex Warner no necesita ser presentado a aquellos que hayan tenido oportunidad de apreciar las altas dotes del renombrado humanista e historiador británico a través de sus notables novelas consagradas a Julio César.

Profundo conocedor del mundo greco-romano en sus aspectos históricos y culturales, Warner supera, si cabe, su labor anterior, en esta semblanza de “Pericles el Ateniense“, imaginariamente escrita por Anaxágoras, el filósofo que fuera amigo íntimo del gran hombre de estado.

De esta suerte, en una ficción colmada por singular riqueza evocativa, asistimos a los esplendores que hicieron de aquel siglo de oro la expresión más deslumbrantes de la cultura helénica, cuyos mejores valores recogería la civilización cristiana, asimilándolos y revitalizándolos sin cesar durante dos mil años.

El Partenón, cuya construcción inició Pericles, se levanta sobre Atenas que contaba entre sus filósofos a Sócrates y a Platón, a Esquilo, Sófocles y Eurípides como maestros incomparables de la tragedia, a Aristófanes como humorista, a Tucídides como historiador, a Fidias como supremo representante de las artes plásticas.

PerIcles presidía aquel florecimiento, de la política y de la sensibilidad estética. No es de extrañar, pues, que las etapas ulteriores de la cultura de Occidente se hayan apoyado  —y sigan apoyándose aún hoy en grado decisivo—  sobre cuanto de universal e imperecedero encierra el legado de Grecia.

Obras completas de Santa Teresa

Obras completas de Santa teresa

Obras completas de Santa Teresa

Los escritos de Santa Teresa han sido, desde que vieron la luz por primera vez, una lectura exquisita para los buscadores de bellezas literarias y de los valores de la espiritualidad católica. Y siguen incesantemente derramando luz. Sus ediciones se han sucedido incansablemente. En nuestros días corrían varias y de buena calidad. Pero se esperaba una edición hecha al día, con el máximo respeto a los venerables autógrafos y a su fonética original, de gran valor lingüístico, que con su cadencia vigorosa, eco de nuestro siglo de oro, confiere, sin duda, un atractivo más a su fondo inagotable.

La edición que con general aplauso fue publicada por la BAC en tres volúmenes, cuajados de notas, sale hoy en la presente edición manual, que en un solo volumen ofrece todos los escritos de Santa Teresa con las mismas garantías de fidelidad y con los mismos criterios, aunque libres de notas y de las largas introducciones de aquélla. Más bien hemos introducido algunas mejoras, revisando el texto y uniformando el grafismo. Hemos alterado el orden de los tratados, y en alguno de ellos las partes de su contenido, y las novedades aquí introducidas serán respetadas en las futuras ediciones de aquélla más extensa.

Huelga ahora hacer aquí un examen de las riquezas que encierran los escritos de Santa Teresa. Nos limitaremos a ofrecer, en aval de los mismos y para deleite de los lectores, algunos testimonios que por su autoridad debieran acompañar siempre las obras de la excelsa escritora.

Cleopatra

Cleopatra

Cleopatra – (Edward Grifins)

Desde el año 59  —antes de Jesucristo—  los acontecimientos se habían sucedido a los ojos de la pequeña Cleopatra con un ritmo nuevo, fascinante, ofreciéndole un espectáculo de la vida lleno de interés y movimiento.

La niña se había hecho ya mujer en el año 55. Tenía ya catorce años y había podido observar y vivir el atractivo de la existencia.

En el año 59, Cleopatra había asistido en Roma al reconocimiento de su padre, Ptolomeo Auteles, como rey de Egipto por el Senado Romano.

Roma, la poderosa y mítica Roma, había accedido, al fin, a las pretensiones de aquel bufón flautista que era el padre de Cleopatra, hijo bastardo de Ptolomeo X, y reconocido sus discutibles derechos a sentarse en el trono fundado por el general macedonio  —hijo de Lagos y partidario del gran Alejandro—  con los reinos de Egipto y Palestina.

Aquel Ptolomeo, primero de la dinastía de su nombre, tal vez estuviera bien lejos de imaginar que sus sucesores ensangrentarían constantemente el trono por él fundado y lo mancharían con sus incestos y otros vicios hasta extremos poco menos que inconcebibles…

Roma había fascinado a la joven y sensitiva egipcia. Allí, al amparo de los muros de la imponente Roma republicana, Cleopatra se había hecho mujer, conociendo el amor por primera vez en los brazos del bello y audaz Cneo Pompeyo, hijo de Pompeyo el Grande