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Los placeres del condenado

Los placeres del condenado

Los placeres del condenado – (Charles Bukowski) – Antología

Los placeres del condenado (The Pleasures of the Damned. Poems, 1951-1993) es la más completa antología poética de Bukowski, con nada menos que 274 poemas extraídos de veintiún títulos distintos, además de una veintena de textos inéditos; es también la más autorizada, por cuanto estuvo a cargo de su amigo y fiel editor John Martin, que seleccionó y publicó la práctica totalidad de su obra en verso. Se trata pues, de la colección esencial para obtener una visión de conjunto de la vertiente lírica del autor, que, menos conocida en Europa por el éxito de la provocadora narrativa, constituye no obstante el grueso de su legado y su principal seña de identidad literaria: de forma casi unánime, Bukowski se considera uno de los poetas estadounidenses más singulares e influyentes de la segunda mitad del siglo XX.

El carácter autobiográfico de la obra de Bukowski hace que toda semblanza personal pueda parecer superflua, como él mismo sugiere: “La mejor imagen que tendrían que hacerse de mí, la imagen auténtica, es simplemente leer lo que he escrito y no los inventos fuera de mis libros“. Mas la recomendación encierra una pequeña trampa, ya que, si el autor ofrece un testimonio realista de su experiencia, no por ello deja de elaborar un personaje, una épica del artista rebelde, del tipo duro y pendenciero, en la que cimentará su prestigio. El hombre y el personaje se confunden así como lo hacen vida y obra, fraguando un mito compacto que oculta entre líneas sus muchos matices…

Bukowski

Bukowski poemas

 20 poemas – (Bukowski)

El Incendio de un Sueño

La vieja Biblioteca de los ángeles ha sido destruida por las llamas. Aquella biblioteca del centro. Con ella se fue gran parte de mi juventud.

Estaba sentado en uno de aquellos bancos de piedra cuando mi amigo Baldy me preguntó:

¿Vas a alistarte en la Brigada Lincoln?

“Claro”, contesté yo.

Pero, al darme cuenta de que yo no era un idealista político, ni un intelectual, renegué de aquella decisión más tarde. Yo era un lector entonces que iba de una sala a otra: literatura, filosofía, religión, incluso medicina y geología.

Muy pronto decidí ser escritor, pensaba que sería la salida más fácil, y los grandes novelistas no me parecían demasiado difíciles. Tenía más problemas con Hegel y con Kant.

Lo que me fastidiaba de todos ellos, es que les llevara tanto lograr decir algo lúcido y/o interesante. Yo creía que en eso los sobrepasaba a todos entonces. Descubrí dos cosas:

a) que la mayoría de los editores creía que todo lo que era aburrido, era profundo.

b) que yo pasaría décadas enteras viviendo y escribiendo antes de poder plasmar una frase que se aproximara un poco a lo que quería decir. Entre tanto mientras otros iban a la caza de damas, yo iba a la caza de viejos libros, era un bibliófilo, aunque desencantado, y eso y el mundo configuraron mi carácter.

Vivía en una cabaña de contrachapado detrás de una pensión de 3 dólares y medio a la semana, sintiéndome un Chatterton metido dentro de una especie de Thomas Wolfe. Mis principal problema eran los sellos, los sobres, el papel y el vino, mientras el mundo estaba al borde de la Segunda Guerra Mundial. Todavía no me había atrapado lo femenino, era virgen y escribía entre 3 y 5 relatos por semana, y todos me los devolvían, rechazados por el New Yorker, el Harper’s, el Atlantic Monthly.

Había leído que Ford Madox Ford solía empapelar el cuarto de baño con las notas que recibía rechazando sus obras, pero yo no tenía cuarto de baño, así que las amontonaba en un cajón, y cuando estaba lleno que apenas podía abrirlo, sacaba todas las notas de rechazo y las tiraba junto con los relatos.

La vieja Biblioteca de Los Ángeles seguía siendo mi hogar, y el hogar de muchos otros vagabundos, discretamente utilizábamos los aseos, y a los únicos que echaban de allí era a los que se quedaban dormidos en las mesas de la biblioteca; nadie ronca como un vagabundo a menos que sea alguien con quien estás casado. Bueno, yo no era realmente un vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca y sacaba y devolvía libros, montones de libros, siempre hasta el límite de lo permitido: 

Aldous Huxley, D. H. Lawrence, E. E. Cummings, Conrad Aiken, Fiódor Dostoyevski, Dos Pasos, Turgénev, Gorki, H.D., Friedrich Nietzche, Schopenhauer, Steinbeck, Hemingway, etc. Siempre esperaba que la bibliotecaria me dijera “Qué buen gusto tiene usted joven”. Pero la vieja puta ni siquiera sabía quién era ella, cómo iba a saber quién era yo.

Pero aquellos estantes contenían un enorme tesoro: me permitieron descubrir a los poetas chinos antiguos como Du Fu y Li Bai, que son capaces de decir en un verso más que la mayoría en treinta o incluso en cientos. Sherwood Anderson debe de haberlos leído también. También solía sacar y devolver los Cantos y Ezra me ayudó a fortalecer los brazos si no el cerebro.

Maravilloso lugar la Biblioteca Pública de Los Ángeles, fue un hogar para alguien que había tenido un hogar infernal. Arroyos demasiado anchos para saltarlos lejos del mundanal ruido. Contrapunto. El corazón es un cazador solitario.

James Thurber, John Fante, Rabelais de Maupassant, algunos no me decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw, Tolstoi, Robert Frost, F. Scott Fitzgerald, Upton Sinclair me llegaba más que Sinclair Lewis y consideraba a Gogol y a Dreiser tontos de remate. Pero tales juicios provenían más del modo en que un hombre se ve obligado a vivir, que de su razón.

La vieja Biblioteca de Los Ángeles muy probablemente evitó que me convirtiera en un suicida, un ladrón de bancos, un tipo que pega a su mujer, un carnicero o un motorista de la policía y, aunque reconozco que puede que alguno sea estupendo, gracias a mi buena suerte y el camino que tenía que recorrer, aquella biblioteca estaba allí cuando yo era joven y buscaba algo a lo que agarrarme, y no parecía que hubiera mucho.

Y cuando abrí el periódico y leí la noticia sobre el incendio que había destruido la biblioteca y la mayor parte de lo que en ella había le dije a mi mujer: “Yo solía pasar horas y horas allí…”.

El oficial prusiano. El atrevido muchacho del trapecio. Tener y no tener. No puedes retornar a tu hogar.