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Cleopatra

Cleopatra

Cleopatra – (Edward Grifins)

Desde el año 59  —antes de Jesucristo—  los acontecimientos se habían sucedido a los ojos de la pequeña Cleopatra con un ritmo nuevo, fascinante, ofreciéndole un espectáculo de la vida lleno de interés y movimiento.

La niña se había hecho ya mujer en el año 55. Tenía ya catorce años y había podido observar y vivir el atractivo de la existencia.

En el año 59, Cleopatra había asistido en Roma al reconocimiento de su padre, Ptolomeo Auteles, como rey de Egipto por el Senado Romano.

Roma, la poderosa y mítica Roma, había accedido, al fin, a las pretensiones de aquel bufón flautista que era el padre de Cleopatra, hijo bastardo de Ptolomeo X, y reconocido sus discutibles derechos a sentarse en el trono fundado por el general macedonio  —hijo de Lagos y partidario del gran Alejandro—  con los reinos de Egipto y Palestina.

Aquel Ptolomeo, primero de la dinastía de su nombre, tal vez estuviera bien lejos de imaginar que sus sucesores ensangrentarían constantemente el trono por él fundado y lo mancharían con sus incestos y otros vicios hasta extremos poco menos que inconcebibles…

Roma había fascinado a la joven y sensitiva egipcia. Allí, al amparo de los muros de la imponente Roma republicana, Cleopatra se había hecho mujer, conociendo el amor por primera vez en los brazos del bello y audaz Cneo Pompeyo, hijo de Pompeyo el Grande

Antonio de Mendoza

Antonio de mendoza

Antonio de Mendoza – (Germán Vázquez)

Las grandes personalidades, ¿hacen historia? o, simplemente, ¿son un mero instrumento de la coyuntura socioecónomica del momento? El dilema, que ha provocado más de un altercado entre las grandes mentes de la histografía, dista mucho de haberse solventado y, en mi opinión, jamás se resolverá. Los partidarios de una historia idealista, grandilocuente e individualista, continuarán pensando, junto con Pascal, que el destino del Universo dependió del bello apéndice nasal de Cleopatra; los historiógrafos materialistas, esos pesados individuos que siempre andan hablando de infraestrucruras, superestructuras y demás zarandajas, repetirán hasta la saciedad la conocida frase de Friedrich Engels: de no haber existido Napoleón, otro hubiera ocupado su lugar.

De lo expuesto se deduce con claridad meridiana que, le agrade o no,  el biógrafo debe tomar una postura tajante y radical: convierte al personaje en un héroe cuasi homérico, desfacedor de entuertos económico-políticos, o cede el protagonismo a la sociedad de la época, recortando el papel estelar del biografiado. Por eso, recordando el famoso dicho, he de advertir al lector que personalmente me decanto por la segunda de las opciones.

Don Antonio de Mendoza, hijo del marqués de Mondejar, diplomático del imperio, comendador de Socuéllamos, ¿habriá pasado a la historia si el emperador no le nombrara virrey de la Nueva España? Evidentemente, la respuesta sólo puede ser negativa. Pero la cuestión no acaba aquí. Aún debemos formular un segundo interrogante: ¿por qué las páginas siguientes están dedicadas a Antonio de Mendoza y no, por citar algún nombre, al marqués de Falces o a cualquier otro virrey, que los hubo en cantidad y calidad? Porque el buen Mendoza fue única y esclusivamente el espejo de una conflictiva y pasional época; el martillo que burócratas y encomenderos, laicos y seglares, manejaron para dar forma a aquella amalgama en fusión que se llamó la Nueva España. Los siento por los partidarios de la historia rinológica; mas en lo tocante a don Antonio, la razón está de parte del politólogo germano. Si, pongo por caso, una orquiopatía hubiera impedido al marqués de Mondejar cumplir con su deber para con la especie, el destino de la Nueva España no habría variado de manera sensible. Tarde o temprano, el poder de la Corona se manifestaría. Véase si no el ejemplo del Perú. Privado durante largos años de un gobernante carismático, el rey, tras prolongadas y sangrientas luchas, logró imponer su autoridad.

El libro que el lector tiene en las manos no es,  pues,  una biografía individual, sino colectiva. De ahí que don Antonio ocupe un lugar menor en la exposición de los acontecimientos. El resultado ha sido una, llamemósla así, Leyenda gris, en donde la tópica división maniquea entre encomenderos malos y clérigos buenos, entre políticos filantrópicos y sanguinarios conquistadores, deja paso o otra dualidad, no por oculta menos real: la oposición entre la sociedad civil y el Estado.

Al analizarse el pasado desde este punto de vista, la visión ideológica de la historia que  -¿por qué será?-  enlaza espiritualmente a la clase política de turno con sus colegas de antaño, desaparece como por ensalmo. En su lugar surge una nueva interpretación: la del poder omnipotente, demagógico y opresor, que juega con los sentimientos de los administradores, sacrificándolos en aras de la celebérrima raioson d´Etat. De un poder, me apresuraré a añadir, que carece de color.

La vida del virrey Mendoza ilustra de manera paradigmática los gélidos mecanismos que mueven al Estado. Por desgracia, esos mismos mecanismos gozan hoy en día de una salud admirable… Y, lamentablemente, continuarán floreciendo si aquellos que pueden denunciarlos callan. Y nada más, salvo dedicar las páginas que siguen a mi compañera. Su paciencia bien lo merece.