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El Cuarto en que se vive

El cuarto en que se vive

El Cuarto en que se vive – (Graham Greene)

Tan perfecta desde el punto de vista técnico como sus novelas más perfectas, en esta primera y reciente obra de teatro de Graham Greene se plantea el problema del amor humano cuando entra en conflicto con las leyes divinas.

Al parecer, los dos amantes de El Cuarto en que se vive podrían ser felices y prescindir de Dios, como lo han hecho hasta que comienza el drama. Pero la acción de un bien y de un mal sobrenaturales acaba por imponerse a ellos, dando importancia y relieve a su conducta.

Al final, sucumben a ese Dios en que no creen. Ese Dios manifiesta su presencia sin trastornar el orden establecido, el orden natural de las causas y los efectos, convirtiendo unos amores adúlteros, más bien triviales, en una relación cargada de ansiedad, de insatisfacción, de pesadumbre, que por su vehemencia misma está destinada a concluir trágicamente.

En la última escena, un incidente conmovedor nos indica que la heroína ha recibido el don misterioso de la Gracia. Dios se ha compadecido de ella. De nuestros pensamientos, y no de nuestros actos, depende nuestra salvación…

La obra cuenta la sombría historia de una familia compuesta por dos hermanas solteras, ancianas y católicas, Teresa y Helena, que junto a María, una empleada por horas, cuidan a su hermano Jaime, un sacerdote enfermo y condenado a una silla de ruedas. Los tres habitan en una casa grande pero su vida se desarrolla en una incómoda habitación del tercer piso, ya que el resto de los cuartos están cerrados porque alguien ha muerto en ellos. Se suma a la familia una sobrina, llamada Rose, que llega tarde al funeral de su propia madre porque la noche anterior se hizo amante de su tutor, Michael, un psicólogo freudiano, casado, mayor que ella y, para colmo, no católico, con el que piensa huir. Esta situación es intolerable para la rígida moral católica de sus tías, que harán lo imposible por retener a Rose y desbaratar esta relación “adúltera y pecaminosa“.

Por qué somos como somos

Por que somos como somos

Por qué somos como somos – (Eduardo Punset)

¿Por qué somos como somos? Es una pregunta que seguramente en los comienzos del siglo XXI se plantea de manera totalmente distinta a como se hiciera en épocas anteriores. Por primera vez en la historia el conocimiento científico comienza a formar parte de los intereses y de la sociedad en general. Y es que hay pocas aventuras tan apasionantes como las que nos ofrece en nuestro tiempo la investigación científica de primer nivel, aquella que busca explicación e interrogantes que hasta hace poco parecían territorio exclusivo de filósofos, teólogos o místicos.

¿Cuales son los mecanismos que van desde un gen, desde un cromosoma, desde una molécula… hasta el ladrido de un perro, hasta el sentimiento del amor, hasta el hecho de recordar algo con ternura?

La neurociencia, nuestra principal aliada en la búsqueda de estas respuestas, nos enseña pautas fundamentales para comprender la individualidad de la conducta humana mediante el estudio del cerebro y el sistema nervioso. A través de algunos de sus especialistas más destacados vemos cómo la sofisticación del lenguaje, la memoria y el aprendizaje nos diferencia de otras especies animales, y atisbamos nuevas perspectivas sobre la sexualidad y la reproducción, algunas de ellas inquietantes.

Sobre asuntos menos susceptibles de ser analizados en un laboratorio, como la belleza, el dinero o el comportamiento social, compartimos ideas con antropólogos, economistas y psicólogos. Todo ello, conducido por la pasión divulgadora, la sagacidad y el talento de Eduardo Punset.

La Incomunicación

La incomunicación

La Incomunicación – (Carlos Castilla del Pino)

La forma capitalista se ha desprendido, pues, de la alienación que lo sobrenatural deparaba, pero ha inmerso al hombre en una nueva forma de alienación, la alienación egotista. El resultado de todo ello, es la incomunicación. El hombre entre nosotros, al renunciar a la instancia elemental de su convivencia, de su altruidad, queda solo. Es un hecho que entre nosotros, me refiero a España, en donde hemos podido pasar (aunque no puede decirse que con carácter general, porque nuestra sociedad no es homogénea en sus formas de producción) de una forma clásica de producción a una forma de sociedad de consumo, es un hecho, repito, que hemos podido observar el retraimiento como un carácter definitorio de nuestra conducta. Más que en ningún otro momento, grandes sectores de nuestra sociedad parecen haber renunciado a la comunicación y a la confiabilidad, para quedar inmersos, todo lo más, al más estricto círculo de la familia.

No es que de pronto se hayan descubierto los máximos valores que la dedicación a la vida familiar supone. Se trata de una dedicación reactiva, secundaria a la decepción que de los otros hemos, una y otra vez, experimentado. Lo que esta retracción supone es la crisis en la fiabilidad del prójimo, la conciencia de que, tarde o temprano, si los intereses están en juego, nos exponemos a ser sacrificados. Así, la amistad misma sabemos que hay que tomarla y vivirla epidérmicamente, a conciencia de la peligrosidad que una ingenua comunicación puede llevar consigo en el futuro, cuando este amigo de hoy se nos torne nuestro rival; a conciencia de que la amistad misma no es criterio suficiente para verificar la entrega que sería requerible y a la que nos sentimos instados.