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El Semental Negro

El semental negro

El Semental Negro – (Salvador de Madariaga)

La magia evocadora de Madariaga nos traslada al Perú del siglo XVI, a la entonces muy joven Ciudad de los Reyes.

El autor de la serie Esquiveles y Manriques vuelve a resucitar los tiempos idos, con sus ambientes, sus personajes, sus modos peculiares y característicos. Ha terminado ya la Conquista y las nuevas generaciones de peninsulares reclaman a las tierras de ultramar fáciles riquezas e ilimitados goces.

En la flamante Lima, a la que Quito disputa aún la supremacía, el afán de enriquecerse sólo se ve superado por la todopoderosa pasión sexual. Es esta pasión simbolizada por el semental negro que Don Rodrigo Manrique de Lara ofrece al virrey y sobre el que el Conde de Nieva entra en el mismo templo. Es esa pasión que enloquece a damas y doncellas, hace temerarios a los galanes, provoca intrigas, duelos y delirios y echa por tierra los más solemnes votos. Mientras el indio sometido calla, en añoranza de la libertad perdida, la tierra parece contener un embrujo, algo que lleva a la perdición. Al fin desastroso que tuvieron el Conde de Nieva y su amante, y que el semental negro anunció a los limeños al vagar por las calles de la ciudad sin su apuesto y desaforado jinete. Al fin que rubrican una carcajada frenética y un desesperado relincho…

Don Rodrigo Manrique de Lara hizo un gesto brusco y autoritario, como de tralla manejada en el vacío, y toda la sevidumbre  –indios e indias de pie leve y mudo–  desapareció del comedor. Entre las cuatro paredes, tres blancas, una abierta por dos puertas hacia el balcón corredor, bajo los retratos de sus antepasados que lo contemplan con cara adusta y fiera, Don Rodrigo se quedó solo con Doña Catalina su mujer.

–Ahora podréis hablar claro  –la voz era fuerte, de resonancias metálicas, que armonizaban con los destellos de los ojos negros y el gris acero de la barba cuadrada y del cabello, marco y valla del paisaje fogoso de su rostro. Ella, con los ojos azules en la lejanía, la taza de porcelana azul sobre la que caía una cascada de cabellos de oro, no contestaba. Parecía estar viviendo un sueño lejano: ¿porvenir e imaginación?, ¿pasado y memoria?: eso era precisamente lo que los ojos de acero se preguntaban….

Los Dioses Sanguinarios

Los dioses sanguinarios

 Los Dioses Sanguinarios – (Salvador de Madariaga)

Como las partes primera y tercera de “El corazón de piedra verde“, esta segunda, titulada: “Los Dioses Sanguinarios“, constituye una obra en sí misma y puede ser leída con independencia de sus compañeras de la serie Esquiveles y Manriques, como se denomina la obra total que abarcará la historia de las dos familias trasplantadas al México de la Conquista.

Comienza este volumen con la llegada del protagonista al Nuevo Mundo, a donde lo llevan las consecuencias de un desgraciado episodio.

Una vez más la admirable técnica del autor le permite completar,  ya no el bosquejo, sino el retrato fiel de las dos complejas personalidades de Alonso y Xuchitl, el hijo de un caballero español y la hija de un emperador Azteca, sobre el animado fondo de las luchas entre indígenas y conquistadores, que tan bien conoce y desarrolla quien escribió las admirables páginas de Hernán Cortés.

A los pocos días de navegar ya se había acostumbrado Alonso al movimiento pendular de la carabela que hacía crujir el maderamen con regularidad de reloj, y a la vibración de los tres mástiles cuando algún golpe de mar venía a descargar sobre el costado, y a los quejidos estridentes de las cuerdas distendidas por sus constantes esfuerzos, ruidos todos que prestaban a la carabela una personalidad casi humana. Aunque Alonso disfrutaba de una cabina especial en el castillo de popa, no le era posible evitar aspirar el aire espeso y nauseabundo que subía de la bodega, con sus olores de cocina, cuadra, excusado, hospital, lavadero y puerto de pesca, sobre cuya mezcla pestilente pasaba como una bendición de Dios el viento limpio y estimulante que, cargado de sal, soplaba de la mar…