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Pericles el Ateniense

Pericles el ateniense

Pericles el Ateniense – (Rex Warner)

Rex Warner no necesita ser presentado a aquellos que hayan tenido oportunidad de apreciar las altas dotes del renombrado humanista e historiador británico a través de sus notables novelas consagradas a Julio César.

Profundo conocedor del mundo greco-romano en sus aspectos históricos y culturales, Warner supera, si cabe, su labor anterior, en esta semblanza de “Pericles el Ateniense“, imaginariamente escrita por Anaxágoras, el filósofo que fuera amigo íntimo del gran hombre de estado.

De esta suerte, en una ficción colmada por singular riqueza evocativa, asistimos a los esplendores que hicieron de aquel siglo de oro la expresión más deslumbrantes de la cultura helénica, cuyos mejores valores recogería la civilización cristiana, asimilándolos y revitalizándolos sin cesar durante dos mil años.

El Partenón, cuya construcción inició Pericles, se levanta sobre Atenas que contaba entre sus filósofos a Sócrates y a Platón, a Esquilo, Sófocles y Eurípides como maestros incomparables de la tragedia, a Aristófanes como humorista, a Tucídides como historiador, a Fidias como supremo representante de las artes plásticas.

PerIcles presidía aquel florecimiento, de la política y de la sensibilidad estética. No es de extrañar, pues, que las etapas ulteriores de la cultura de Occidente se hayan apoyado  —y sigan apoyándose aún hoy en grado decisivo—  sobre cuanto de universal e imperecedero encierra el legado de Grecia.

Pio Baroja y su tiempo

Pio barojaa

Pío Baroja y su tiempo – (Sebastián Juan Arbó)

Lejos de mí daros la razón; mientras yo viva no dejaré que me arranquen mi inocencia. Mantendré con fuerza mi justicia y no la negaré

(Job – 27: 5, 6)

En sus conversaciones con Goethe, refiere Ekermann una frase del pota a propósito de un crítico alemán de su época, frase que me pareció siempre admirable. Tal vez resulte un poco exagerada para los tiempos que corren; a mi juicio, encierra una lección profunda, a la vez que nos revela la amplia libertad de espíritu de aquel hombre excepcional.

La conversación versaba aquél día sobre un libro de crítica, del que era autor Schlegel, libro que acababa de aparecer. Sabida es la escasa consideración que, en general, le merecían a Goethe los críticos, y la más escasa que le inspiraba Schlegel en particular.

A propósito del libro, se habló de diversos autores clásicos comentados en él y la conversación recayó al fin en los trágicos griegos. Goethe expuso sus dudas, no sin ironía, sobre la autoridad de Schlegel ante aquellas grandes figuras y sobre los títulos que pudiera tener para ocuparse de ellos, y sobre todo, criticarlos.

Goethe se detuvo en Eurípides, a quien el crítico dedicaba sus más fuertes censuras comparándolo con Esquilo, proclamado por Schlegel como el mejor. “No quiero con esto  –dice Goethe–  dar a entender que Eurípides carezca de defectos; pero, en todo caso, fue un digno competidor de Sófocles y de Esquilo. Un poeta como él, de quien Sócrates se llamaba amigo, a quien alababa Aristóteles y admiraba Menandro; un poeta por cuya muerte se vistieron de luto Sófocles y la ciudad de Atenas, algo debía de representar. Y cuando un hombre moderno, por más que se llame Schlegel, se atreve a señalarles faltas, debiera por lo menos hacerlo de rodillas.