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Farsa

Farsa – (Juan Goyanarte)

Después de “Lago Argentino, y luego de la presencia de obras intermedias como “La quemazón, “Fin de semana, “Campos de hierro, “Kilómetro 25… era de esperar la realización de otra obra de gran envergadura y de alcances universales como es aquella obra, ya clásica de la literatura argentina. La espera está satisfecha.

Farsa es el escenario y son los personajes de un drama íntimamente americano, de nuestra actual América: la realidad social ha cobrado tal grado de cosa insólita (en decadencia y, por contraste, en altura), que se confunde con trazos de leyenda, y la leyenda es aprovechada con un sentido económico tal, que desfigura el rostro de la belleza. Probos o traidores, decentes o luctuosos, constructores o asesinos: los personajes enfrentan el rostro impasible del drama, que es general. Y el amor, al caer sobre ellos con una fuerza desencadenada, se parece a un alud de corrupción, de miseria y de pena.

¿En dónde cabía semejante acción? En América, en la América al mismo tiempo blanca, indígena y mestiza. No valía la pena aludir a determinado país. Sin pecar de exagerados, acertarán aquellos que descubran en el país de Farsa una síntesis de las realidades nacionales de este Continente.

Juan Goyanarte ha dado tiempo y constancia a su obra, es decir, a las necesidades de su oficio; pero además ha ido más allá y, en el sitio de la desgracia o de la desventura, ha puesto la crítica, y en el de la crítica ha colocado la piedad, y en el de la piedad ha hecho erguirse la esperanza. Con mucho menos son saludadas hoy novelas de aquí y de allá. Su estilo eminentemente claro, porfiadamente claro, de una claridad que obliga a veces a cubrirse los ojos por el resplandor de los caracteres, las situaciones y los desenlaces, era el justo, el que se imponía. Lejos de las novedades puramente formales que tanto hacen en favor de nuestro engatusamiento, Juan Goyanarte ha obtenido, en esta Farsa llamada a perdurar en el recuerdo y en el entusiasmo de todos cuantos se asomen a ella, una exposición de tan diáfana sencillez, de tan ilustre naturalidad, que ahorra al lector el obstáculo de las palabras para imbuirlo de una vez por todas en el océano de las pasiones al rojo.

Amarcord

Amarcod

Amarcord (me acuerdo) – (Federico FelliniTonino Guerra)

De la mano de Bobo —15 años— figura central de la novela, nos llegan los sucesos y los seres que rodean su infancia en una ciudad pequeña a orillas del Adriático. Y sonreímos. Todo el libro se lee sonriendo. Sonreímos “viendo” —porque esta novela no simplemente se lee, sino que se ve— a Amedeo, el padre de Bobo, anarquista apasionado y de genio explosivo; el Abogado, que deambula todo el día en su bicicleta y aprovecha el menor pretexto venga o no a cuento —que casi nunca viene— para improvisar largos parlamentos con áulico estilo, inmune a las burlas que suscita; a la Volpina, extraña y selvática muchacha de ojos fosforescentes; a Scurèza di Corpoló, a quien solo se ve pasar manejando hábilmente su motocicleta; a la Gradisca, de hermosas curvas y ojos dulces, nostálgica y cálida, con quien sueñan adolescentes y hombres maduros: a Lallo, el romántico del Gran Hotel…

Y… sonreímos con los menudos acontecimientos que adquieren a veces desorbitada importancia para sus protagonistas, como la admiración suscitada por el Transatlántico “REX“, que moviliza a la población en largas excursiones a alta mar para verla pasar; o a la expectación por presenciar el paso de los automovilistas de la carretera de las “Mil millas“; el enamoramiento de Bobo, sus diabluras, su “comprometida” confesión. Pero también, en el espacio de tiempo que transcurre entre dos primaveras —el tiempo de la acción de la novela— asistimos a otros acontecimientos conmovedores o tristes. Tal como ocurre en la vida real.

Porque AMARCOD es eso: la evocación de una ciudad provinciana, de unas gentes, de una época —la Italia de los años 30— que sirve de pretexto a Felliniágil escritor, además de gran figura del cine— para ofrecernos una pequeña obra maestra en la que la imaginación y la sensibilidad conjugaban un vocabulario pleno de sugerencias.

Federico Fellini, uno de los mejores directores de cine europeo, nació en Roma el 20 de Enero de 1920. Casado desde 1943 con Giulietta Masina, extraordinaria actriz y protagonista de sus mejores películas, forma con ella una de las parejas más felices del mundo del cine, y una de las que gozan de más fama y talento.