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Mariana Pineda

Mariana Pineda

Mariana Pineda – (Federico García Lorca)

La pérdida del manuscrito o de un libreto apógrafo, reproducido por la única edición de Mariana Pineda en vida de su autor, en 1928, en la revista teatral La Farsa, continúa planteando un problema textual. Las múltiples y constantes diferencias que se han producido en las ediciones posteriores hacen necesaria una edición crítica que fundamente el texto lorquiano válido y lo estudie desde una perspectiva literaria y genética. Este es el propósito de la edición que aquí presentamos.

Mariana Pineda se inscribe en el contexto de la lucha política entre monárquicos y revolucionarios durante el reinado de Fernando VII. Si bien puede tomarse como una historia de pasiones amorosas, Mariana Pineda habla esencialmente sobre la posibilidad de rebelarse en épocas de opresión. Coloca al personaje central en la categoría de mito y, como en los romances populares, lo transforma en un símbolo que trasciende el caso individual y lo proyecta socialmente.

Una joven granadina es encarcelada en 1831 por haber mandado bordar la bandera que servirá de insignia a una insurrección liberal. Le prometen la libertad si delata a sus jefes, pero, al negarse, es condenada a muerte y ejecutada. Federico García Lorca (1898-1936), poeta dotado de fuerte temperamento y gran originalidad, fue una de las figuras más representativas de la Generación del 27. En su obra conjuga sabiamente tradición y modernidad, y trata con gran carga simbólica y aparente sencillez los grandes temas del amor y la muerte.

El Dos de Mayo

El Dos de Mayo

El Dos de Mayo – (Benito Pérez Galdós)

Gabriel de Araceli es el protagonista de los dos episodios nacionales que comprenden este volumen “El 19 de Marzo y el 2 de Mayo” y “Bailen” son la crónica de los sucesos que propiciaron el levantamiento de un pueblo, el español, ante la invasión y la imposición de un régimen ajeno, el francés.

La historia de Gabriel, gaditano, y su amor por la bella Inés servirán a Don Benito Pérez Galdós para relatar los diversos cuadros costumbristas que componen el preludio de la “Guerra de la Independencia“.

El motín de Aranjuez contra Godoy, la esperada y enfervorecida llegada a Madrid de Fernando VII y el engaño francés, el levantamiento popular ante el secuestro del infante Don Francisco y la heroica resistencia del teniente Ruiz, los capitanes Daoiz y Velarde en Monteleón son algunas de las escenarios históricos del primer relato.

Por otra parte, en el segundo episodio se narra cómo el 19 de Julio de 1808 tiene lugar la primera derrota de las tropas invasoras y el General francés Dupont se rinde al español, el General Castaños, en Bailén.

Nuestro protagonista por su parte, continúa persiguiendo el rastro de su enamorada y en su búsqueda de merecimientos para ser digno de ella se dispone a luchar en la batalla acompañando a Don Diego de Rumblar.

La Inquisición y los españoles

La inquisicion y los españoles

La Inquisición y los españoles – (Llorente)

Para que no podáis dudar, conocer los datos…

(Virgilio – Lib. 4)

Son los libros de Juan Antonio Llorente motivo constante de polémica y aún violenta discusión en el estudio de la Inquisición española. Este historia al lector sus orígenes y desarrollo, examinando las relaciones que hubo entre la Inquisición y los españoles. Es fuente rigurosa de información sobre un tema fundamental de nuestra historia. Completan esta edición apéndices con la relación de victimas y condenas, decretos de abolición y restablecimiento de la Inquisición, de las Cortes de Cádiz y Fernando VII, respectivamente, y explicación de las palabras y frases técnicas usadas por el Santo Oficio.

señores:

Si para investigar cuál sea el modo de pensar de una nación acerca de algún establecimiento, nos hemos de gobernar únicamente por el testimonio de los escritores públicos, no puede dudarse que la nación española amó, tanto como temió, al de la Inquisición contra los herejes, llamada unas veces Tribunal de la Fe, otras Tribunal de la Santa Inquisición, y más comúnmente Santo Oficio de la Inquisición.

Apenas se hallará un libro impreso en España desde Carlos I hasta nuestros días en que se cite sin elogio la Inquisición, directamente o por incidencia; y por lo respectivo a los escritores de asuntos religiosos o sus adherentes, parece que les ha faltado siempre dignas expresiones para su encomio.

¿Un español escribía de la religión? ¡Oh España (exclamaba): tú eres deudora de la pureza de los dogmas al Santo Oficio de la Inquisición, el cual te defiende de todos los ataques de la herejía para tu felicidad! ¿Se habla de política? ¡Feliz España (dicen), que con sólo mantener el santo tribunal estás libre de las convulsiones intestinas que con mucha frecuencia ponen a otros reinos en peligro de perderse, por la diversidad de religiones entre sus habitantes y por falta de un santo oficio que persiga, castigue y extermine los herejes! ¿Se trata de población, agricultura, fábricas, artes, industria o comercio? Más feliz es nuestra España (escriben) que todos los otros reinos, a pesar de lo que se nos pondera florecer éstos, porque Dios, premiando a nuestros reyes el celo de la Fe manifestado en el establecimiento y conservación del santo tribunal, les ha dado el imperio de un mundo nuevo que nos proporciona con el oro y la plata de sus minas los medios de suplir, la falta de los objetos que para nosotros trabaja el extranjero! Cualquiera que sea la materia de un libro se ha encontrado siempre motivo y ocasión de citar al Santo Oficio como principio y medio de felicidad española.

Pero esta misma generalidad, esta monotonía de ideas, nos debe hacer cautos. Parece imposible que tantos hombres sabios como ha tenido España en tres siglos, hayan sido de una misma opinión. Haberse opuesto unos a otros en todas las materias (aun las más claras y notorias) por un efecto natural de la condición del entendimiento humano, y conformarse todos en esta sola, presenta suficiente motivo de dudar de la sinceridad de muchos; especialmente si traemos a consecuencia, como es justo, que algunos capaces de dar peso a la buena opinión pública de la Inquisición fueron procesados por ella, como Arias Montano, Fray Luis de León, don Bartolomé Carranza, don Melchor de Macanaz y otros tales…

El Cisma

El Cisma

 El Cisma – (Ramiro Ribas Narváez)

El Cisma” refiere la proyección de una familia que desde el pasado mantiene un profundo arraigo a las tierras de sus antepasados. Partimos en los preliminares de la última guerra carlista, en torno al protagonista don Jaime Duratón. Le seguiremos durante la contienda y su posterior destierro a París. Una segunda parte, en la época actual, nos narrará los devenires de uno de sus descendientes, heredero de las tierras y con escasos recursos económicos, para tratar de mantener el legado recibido.

En 1833 España se encuentra en una época de gran turbulencia política; el conflicto dinástico entre dos ramas de la familia real española enmascara otro más profundo que viene arrastrando desde 1912, fin de la guerra de la Independencia. Un caldo de cultivo prebélico se está gestando.

Las causas que originarán los sucesos de 1833 son variadas. Por una parte está la oposición a las nuevas olas revolucionarias traídas de Francia en las dos invasiones que se produjeron en el XIX: la de 1808, que daría origen al famoso Dos de Mayo, y posteriormente la denominada de los Cien Mil Hijos de San Luis. Ello trae consigo la iniciación de un periodo de graves y exageradas inquietudes espirituales y constantes y alarmantes cambios políticos. Se podría resumir así:

Al morir sin descendencia la tercera esposa del rey Fernando VII, por lógica, la corona debería pasar al heredero legítimo, que era don Carlos María Isidro de Borbón.

Los liberales estaban en contra de esta legitimidad y consiguieron que don Fernando VII volviera a contraer matrimonio con doña María Cristina a fin de presentar un heredero varón. Al poco se anunciará estado de buena esperanza.

Temiendo que la reina diera a luz una hembra  —existía por entonces en España la llamada ley sálica, que excluía a las mujeres en el trono—  y para evitar por todos los medios que don Carlos alcanzase el reino se proclama una orden el 29 de marzo de 1830 que derogará la anterior, permitiendo a una mujer llagar a reinar. La que más adelante sería llamada Isabel II nacerá el 10 de octubre de ese mismo año.

Cae enfermo don Fernando VII, retractándose por injusta de lo promulgado anteriormente, y declara nula cualquier disposición o acción contra los derechos sucesorios de don Carlos. No durará mucho la alegría entre los seguidores de éste, pues al reponerse de nuevo y sometido a las presiones políticas, vuelve a mantener la idea original. Don Carlos marcha a Portugal por negarse a jurar como heredera del trono a doña Isabel, lo que origina que los seguidores de éste comiencen a ser perseguidos en España. El fallecimiento del rey el 29 de septiembre de 1833 hará estallar la guerra.