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La Policía de las Familias

La policia de las familias

La Policía de las Familias – (Jacques Donzelot)

La Familia ¿agente natural de reproducción del orden establecido? Seguramente este era el caso bajo el Antiguo Régimen, cuando el padre de familia recibía la garantía efectiva de su poder, de manos del soberano, al que aseguraba como compensación la obediencia de sus miembros.

Pero a mediados del siglo XVIII se rompe este equilibrio. Cuando la riqueza, y por tanto el poder, se convierte en un problema de producción y no ya de gasto ni pillaje, se hace necesario economizar los cuerpos y administrar las poblaciones, consecuentemente intervenir sobre la familia.

Este es el papel de la policía, entendido entonces en una acepción infinitamente más amplia que su actual versión represiva: una ciencia del bienestar al servicio de la soberanía nacional.

En el siglo XIX, toma los múltiples rostros de la filantropía. Prácticas que confluyen, a principios del siglo XX, en la creación del llamado sector social. De este sector social la familia constituirá el epicentro. Por un lado es el punto de mira de las empresas higienizadoras, que desestabiliza la autoridad patriarcal para poder insuflar las normas que aseguran la conservación, calidad y disponibilidad social del individuo. Por otro lado, es un punto de apoyo de una moralización de las relaciones por medio del ahorro, de la educación y de la sexualización.

Así se explica el éxito del psicoanálisis, por su capacidad operativa sobre esta nueva disposición de la relación familia-sociedad.

Antonio de Mendoza

Antonio de mendoza

Antonio de Mendoza – (Germán Vázquez)

Las grandes personalidades, ¿hacen historia? o, simplemente, ¿son un mero instrumento de la coyuntura socioecónomica del momento? El dilema, que ha provocado más de un altercado entre las grandes mentes de la histografía, dista mucho de haberse solventado y, en mi opinión, jamás se resolverá. Los partidarios de una historia idealista, grandilocuente e individualista, continuarán pensando, junto con Pascal, que el destino del Universo dependió del bello apéndice nasal de Cleopatra; los historiógrafos materialistas, esos pesados individuos que siempre andan hablando de infraestrucruras, superestructuras y demás zarandajas, repetirán hasta la saciedad la conocida frase de Friedrich Engels: de no haber existido Napoleón, otro hubiera ocupado su lugar.

De lo expuesto se deduce con claridad meridiana que, le agrade o no,  el biógrafo debe tomar una postura tajante y radical: convierte al personaje en un héroe cuasi homérico, desfacedor de entuertos económico-políticos, o cede el protagonismo a la sociedad de la época, recortando el papel estelar del biografiado. Por eso, recordando el famoso dicho, he de advertir al lector que personalmente me decanto por la segunda de las opciones.

Don Antonio de Mendoza, hijo del marqués de Mondejar, diplomático del imperio, comendador de Socuéllamos, ¿habriá pasado a la historia si el emperador no le nombrara virrey de la Nueva España? Evidentemente, la respuesta sólo puede ser negativa. Pero la cuestión no acaba aquí. Aún debemos formular un segundo interrogante: ¿por qué las páginas siguientes están dedicadas a Antonio de Mendoza y no, por citar algún nombre, al marqués de Falces o a cualquier otro virrey, que los hubo en cantidad y calidad? Porque el buen Mendoza fue única y esclusivamente el espejo de una conflictiva y pasional época; el martillo que burócratas y encomenderos, laicos y seglares, manejaron para dar forma a aquella amalgama en fusión que se llamó la Nueva España. Los siento por los partidarios de la historia rinológica; mas en lo tocante a don Antonio, la razón está de parte del politólogo germano. Si, pongo por caso, una orquiopatía hubiera impedido al marqués de Mondejar cumplir con su deber para con la especie, el destino de la Nueva España no habría variado de manera sensible. Tarde o temprano, el poder de la Corona se manifestaría. Véase si no el ejemplo del Perú. Privado durante largos años de un gobernante carismático, el rey, tras prolongadas y sangrientas luchas, logró imponer su autoridad.

El libro que el lector tiene en las manos no es,  pues,  una biografía individual, sino colectiva. De ahí que don Antonio ocupe un lugar menor en la exposición de los acontecimientos. El resultado ha sido una, llamemósla así, Leyenda gris, en donde la tópica división maniquea entre encomenderos malos y clérigos buenos, entre políticos filantrópicos y sanguinarios conquistadores, deja paso o otra dualidad, no por oculta menos real: la oposición entre la sociedad civil y el Estado.

Al analizarse el pasado desde este punto de vista, la visión ideológica de la historia que  -¿por qué será?-  enlaza espiritualmente a la clase política de turno con sus colegas de antaño, desaparece como por ensalmo. En su lugar surge una nueva interpretación: la del poder omnipotente, demagógico y opresor, que juega con los sentimientos de los administradores, sacrificándolos en aras de la celebérrima raioson d´Etat. De un poder, me apresuraré a añadir, que carece de color.

La vida del virrey Mendoza ilustra de manera paradigmática los gélidos mecanismos que mueven al Estado. Por desgracia, esos mismos mecanismos gozan hoy en día de una salud admirable… Y, lamentablemente, continuarán floreciendo si aquellos que pueden denunciarlos callan. Y nada más, salvo dedicar las páginas que siguen a mi compañera. Su paciencia bien lo merece.