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Odio a los indiferentes

Odio a los indiferentes

Odio a los indiferentes – (Antonio Gramsci)

Odio a los indiferentes. Creo que vivir significa tomar partido. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quién realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la Historia. Es la bola de plomo para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes, es el pantano que rodea a la vieja ciudad y la defiende mejor que la muralla más solida, mejor que las corazas de sus guerreros, que se traga a sus asaltantes en su remolino de lodo, y los diezma y los amilana, y en ocasiones los hace desistir de cualquier empresa heroica.

La indiferencia opera con fuerza en la Historia. Opera pasivamente, pero opera. Es inevitable, es lo que no se puede contar, es lo que altera los programas, lo que trastorna los planes mejor elaborados, es la materia bruta que se revela contra la inteligencia y la estrangula.

Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido. A los indiferentes.

Pio Baroja y su tiempo

Pio barojaa

Pío Baroja y su tiempo – (Sebastián Juan Arbó)

Lejos de mí daros la razón; mientras yo viva no dejaré que me arranquen mi inocencia. Mantendré con fuerza mi justicia y no la negaré

(Job – 27: 5, 6)

En sus conversaciones con Goethe, refiere Ekermann una frase del pota a propósito de un crítico alemán de su época, frase que me pareció siempre admirable. Tal vez resulte un poco exagerada para los tiempos que corren; a mi juicio, encierra una lección profunda, a la vez que nos revela la amplia libertad de espíritu de aquel hombre excepcional.

La conversación versaba aquél día sobre un libro de crítica, del que era autor Schlegel, libro que acababa de aparecer. Sabida es la escasa consideración que, en general, le merecían a Goethe los críticos, y la más escasa que le inspiraba Schlegel en particular.

A propósito del libro, se habló de diversos autores clásicos comentados en él y la conversación recayó al fin en los trágicos griegos. Goethe expuso sus dudas, no sin ironía, sobre la autoridad de Schlegel ante aquellas grandes figuras y sobre los títulos que pudiera tener para ocuparse de ellos, y sobre todo, criticarlos.

Goethe se detuvo en Eurípides, a quien el crítico dedicaba sus más fuertes censuras comparándolo con Esquilo, proclamado por Schlegel como el mejor. “No quiero con esto  –dice Goethe–  dar a entender que Eurípides carezca de defectos; pero, en todo caso, fue un digno competidor de Sófocles y de Esquilo. Un poeta como él, de quien Sócrates se llamaba amigo, a quien alababa Aristóteles y admiraba Menandro; un poeta por cuya muerte se vistieron de luto Sófocles y la ciudad de Atenas, algo debía de representar. Y cuando un hombre moderno, por más que se llame Schlegel, se atreve a señalarles faltas, debiera por lo menos hacerlo de rodillas.

 

Esopo

El filósofo Esopo (José de Ribera)

Esopo (S. VI a. C.)

Fabulista griego, resulta un personaje casi legendario, enmarcado en la época clásica griega. Parece que fue esclavo en Egipto. Aristófanes le acusa de robo sacrílego. La tradición le incluye entre los Siete Sabios. Plutarco asegura que era muy feo y con una gran joroba. Pero lo que queda fuera de dudas, es su ingenio y evidente cultura. Sus fábulas constituyen un tratado Psicológico de “Filosofía por medio de los ejemplos” con su correspondiente enseñanza.

 Nos han llegado tres colecciones de sus fábulas: El corpus Augustanum (s. IX – X), El Acursiam (s. XVI) y El Vindobonense. En Esopo se han inspirado Fedro (El diálogo platónico), los fabulistas medievales y , en España, Iriarte y Samaniego. Las anécdotas de su vida azarosa se hallan reunidas en la Vida de Esopo, escrita por el bizantino Planudes en el siglo XIV.

Escultura romana

 

Escultura de mujer romana sin datar

El filósofo griego Zenón (336 – 264), de la colonia fenicia de Citio, actual Chiti (Chipre), fue un mercader como su padre, se estableció en Atenas donde funda una escuela (300 a. C.) en el pórtico pintado por Polignoto, de ahí el nombre de la escuela del pórtico (Stoa) o estoicismo por derivación. El estoicismo, junto con el escepticismo, y el epicureísmo, predominan en la época después de Aristóteles hasta los tiempos del imperio romano.

Las teorías de Zenón fueron propagadas por su discípulo Cleantes, (331 – 232 a. C.) y sistematizadas por Crisipo, (281 – 208 a. C.). Para los estoicos, la cúspide del saber filosófico se encuentra en la ética, pues piensan que el problema humano más trascendente es el moral, del que depende la lógica (instrumento para alcanzar la verdad), y la física (medio para descubrir los secretos de la naturaleza).

La ética estoica cifra la felicidad en vivir conforme a la razón. Y el deber consiste en dominar las pasiones. El mal se identifica con el vicio y la conducta irracional. El único bien es la verdad.

El lema de los estoicos es: Soporta y abstente.

Hendrick Ter Brugghen

Heráclito

El duo

Hendrick Jansz ter Brugghen, o Terbrugghen, (Deventer, 1588Utrecht, 1 de noviembre de 1629) fue un pintor neerlandés, y un miembro destacado de los seguidores holandeses de Caravaggio  los llamados caravagistas holandeses.

Los temas favoritos de Ter Brugghen fueron figuras de medio cuerpo de bebedores o músicos, pero también produjo imágenes religiosas a gran escala y retratos de grupo. Llevaba consigo la influencia de Caravaggio, y en sus obras hay un dramático uso de la luz y la sombra, así como sujetos con una gran carga emotiva. Aunque murió joven, su obra fue bien recibida y tuvo gran influencia en otros pintores.