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Jerónimo Feijoo

P. Jerónimo Feijóo – (Antología) – (J. de Entrambasaguas)

Extensa y multiforme la obra de Feijóo, presenta, aparte de su creación literaria, dos aspectos esenciales, discernidos con especial cuidado para esta Antología, que aspira a reflejar la ideología del polígrafo gallego: uno, sus estudios sobre el saber de su tiempo, bien científicos o de otra especie, técnicamente superados, que sólo interesan desde el punto de vista histórico; otro, sus opiniones personales sobre temas pervivientes que no han perdido su vitalidad, como reflejo de una época en relación con el pensamiento español. Este último aspecto es el que forma, casi íntegramente, la presente selección una vez deslindado el resto, separándolo escrupulosamente de cuanto le rodea sin unión con ello, tras demoradas lecturas y confrontaciones. Finalmente, los textos reproducidos  —sin más modificación que transcribirlos con la ortografía y puntuación modernas—  siguen fielmente las mejores ediciones de la obra de Feijóo.

Jerónimo Feijoo II

P. Jerónimo Feijoo – (Antología) – (J. de Entrambasaguas)

No puedo menos de improbar la conducta de aquellos escolásticos que, al ver que algún presidente de disputa pública a la autoridad de algún Santo, que se le objeta como argumento, no da interpretación alguna, ni otra respuesta que el que no se conforma con su dicho, se exacerban furiosamente, como si oyesen negar algún artículo de Fe.

Jerónimo Feijoo III

P. Jerónimo Feijoo III – (Antología) – (J. de Entrambasaguas)

Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes: ¿Qué acierto, se puede esperar, de sus resoluciones? Antes es de creer que la multitud añadirá estorbos a la verdad, creciendo los sufragios del error.

Siempre alcanzará más un discreto solo, que una gran turba de necios; como verá mejor al sol un águila sola, que un ejército de lechuzas.

El vulgo, el juez inícuo del mérito de los sujetos, suele dar autoridad contra el sí propio de los hombres literatos, y constituyéndolos en crédito hace su engaño poderoso. Las tinieblas de la popular rudeza cambian el tenue resplandor de cualquiera pequeña luz en lucidísima antorcha; así como la linterna colocada sobre la torre del faro, dice Plinio, que parecía desde lejos una estrella a los que navegaban de noche en el mar de Alejandría.