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Sé lo que estás pensando

Se lo que estas pensando

Sé lo que estás pensando – (John Verdon)

Si alguien te pidiera que pensaras en un número, yo sé en qué número pensarías. ¿No me crees? Piensa en cualquier número del uno al mil. Ahora verás lo bien que conozco tus secretos. Abre el sobrecito.”

Un hombre recibe una carta que le urge a pensar en un número, cualquiera. Cuando abre el pequeño sobre que acompaña al texto, siguiendo las instrucciones que figuran en la propia carta, se da cuenta de que el número allí escrito es exactamente en el que había pensado. David Gurney, un policía que después de 25 años de servicio se ha retirado al norte del estado de Nueva York con su esposa, se verá involucrado en el caso cuando un conocido, el que ha recibido la carta, le pide ayuda para encontrar a su autor con urgencia. Pero lo que en principio parecía poco más que un chantaje se ha acabado convirtiendo en un caso de asesinato que además guarda relación otros sucedidos en el pasado.

Gurney deberá desentrañar el misterio de cómo este criminal parece capaz de leer la mente de sus víctimas en primer lugar, para poder llegar a establecer el patrón que le permita atraparlo.

Uno de los mejores Thrillers que he leído en años. Es inteligente, sólido, compulsivo y lleno de giros brillantes

(John Katzenbach, autor de El Psicoanalista)

–¿Dónde estabas? –dijo la anciana desde la cama–,   Tenía que hacer pis y no venía nadie.

Sin inmutarse por el tono desagradable de la mujer, el joven se quedó a los pies de la cama, sonriendo.

–Tenía que hacer pis  –repitió ella, de un modo más vago, como si ya no estuviera segura del significado de las palabras.

–Tengo una buena noticia madre  –dijo el hombre–.  Pronto estará todo bien. Nada quedará sin atender.

–¿Adónde vas cuando me dejas sola?  –La voz de la mujer volvía a ser brusca, quejumbrosa.

–No muy lejos, madre. Sabes muy bien que nunca me alejo.

–No me gusta estar sola.

La sonrisa del hombre se ensancho; era casi beatífica.

–Muy pronto todo estará bien. Todo será como tenía que ser. Puedes confiar en mí, madre. He encontrado una forma de arreglarlo todo. Dará lo que ha quitado al recibir lo dado.

–Eres un gran poeta.

No había ventanas en la habitación. La luz lateral que proyectaba la lámpara de la mesita  –la única fuente de iluminación–  resaltaba la gruesa cicatriz de la garganta de la mujer y las sombras en los ojos de su hijo.

–¿Iremos a bailar?  –preguntó ella, con la mirada perdida más allá de su hijo y de la pared oscura que había detrás, hacia una visión más brillante.

–Por supuesto, madre. Todo será perfecto.

–¿Donde está mi Dickie Duck?

–Aquí, madre.

–¿Dickie Duck se va a acostar?

–A rorro, a rorro.

–Tengo que hacer pis  –dijo ella, casi con coquetería.