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Hora de España – Antología

Hora de España antologia

Hora de España – Antología – (Francisco Caudet)

De las numerosas revistas que florecieron durante la Guerra Civil española, ninguna alcanzó la categoría intelectual de “HORA DE ESPAÑA“. En sus páginas se puede adivinar el pensamiento liberal y abierto de la “Revista de Occidente” y de “Cruz y Raya“, mezclado con las brillantes aportaciones de los alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, así como el propósito revolucionario de los jóvenes que habían estado más o menos agrupados en torno a la revista “Octubre“, que dirigió Alberti. Todo ello dio lugar a la creación de una revista sin posible parangón en las letras españolas.

Entre la impresionante lista de los colaboradores de “Hora de España” se cuentan:

ANTONIO MACHADOLUIS CERNUDAMARIA ZAMBRANOSANCHEZ BARBUDODIESTE GIL-ALBERTDAMASO ALONSOMORENO VILLA CESAR VALLEJOOCTAVIO PAZJOSE BERGAMINMAX AUB LEON FELIPE…etc…

La presente “ANTOLOGÍA” recoge los estudios, poemas y ensayos cuya validez se muestra inalterable, y cuya re-lectura estimamos necesaria…

Contrafábula

Contrafabula

Contrafábula – (Enrique Gracia Trinidad)

Aunque mi querido amigo Enrique Gracia Trinidad ha ganado un montón de premios, o quizá precisamente por eso, sus preciosos libros de poesía no se encuentran con facilidad en los estantes de las librerías. Para paliar esa deficiencia, Enrique ha coleccionado sus poco accesibles poemarios y los ha agrupado en un tomo, que es el que ahora tienes en las manos, lector.

Enrique es un poeta de voz marcadamente propia. Sus poemas son sólo él. No comparte poética con nadie (debe ser lo único que no comparte, porque Enrique Gracia es una de las personas más desprendidas y generosas que conozco). Sin embargo, y pese a la evidente singularidad literaria, es posible ubicarlo junto a otros poetas del pasado o del presente, que podrían emparentarse con él. No hay que olvidar, por ejemplo, que nuestro amigo empezó a escribir poesía en serio después de leer la célebre Antología rota de León Felipe, que le impresionó vivamente. Y tampoco que Enrique es un poeta culto, de amplias y variadas lecturas que cubren un espacio cronológico muy dilatado, desde nuestro insustituible cancionero tradicional a la producción literaria de nuestros poetas más jóvenes.

Yo, que soy de su quinta (ambos nacimos en 1950), me siento muy a gusto en el cuarto de estar de su poesía; que es casi tan confortable para mí como la altura de su espíritu o la profundidad de sus sentimientos.

Pero no estoy solo a la hora de disfrutar del genio poético de Enrique. Quien lo ha escuchado recitar alguna vez en público  –es un magnifico recitador–  queda inevitablemente atrapado para siempre en esa red de sensibilidades y de humanísimas propuestas que resumen lírica, tejida con amor y con humor, con talento y sin prisa, a lo largo del tiempo. Y detrás de su maestría, guiñándole un ojo de complicidad desde la galería de los siglos, brindan por él y por su poesía los colegas con quienes más ha ido intimando, todos ellos de auréntico fuste, como Lope, Quevedo, Los Machado, Vallejo y Gil de Biedma, entre otros.

Como, además de esplendido vate, Enrique es un dibujante fenomenal, no es raro que en su poesía sean frecuentes las alusiones al mundo de las artes plásticas, pero sus versos tampoco pueden sustraerse al benéfíco influjo de la música (el excelente oído poético de Enrique quizá se lo confiera su condición de consumado melómano) ni  la concurrencia, en fin, de todas las bellas artes en coro, porque en el fondo del poeta Enrique Gracia vive desde hace muchos años un artista total, de los que eran corrientes en el Renacimiento y hoy escasean tanto como el okapi o el urogallo.

Bien venido sea el volumen en el que se dan cita las aventuras y desventuras líricas de Enrique, precedidas por estas líneas de admiración y cariño.

Por qué perdimos la guerra

por que perdimos la guerra

Por qué perdimos la Guerra – (Carlos Rojas)

Los Políticos: Diego Abad de Santillán. José Antonio de Aguirre. Julio Alvarez del Vayo. Manuel Azaña. Julián Besteiro. Lluis Companys. Julián Gorkín. Jesús Hernández. Dolores Ibarruri (La Pasionaria). Francisco Largo Caballero. Indalecio Prieto.

Los Militares y hombres de acción: Bruno Alonso. Anónimo. Segismundo Casado. Enrique Castro Delgado. Ignacio Hidalgo de Cisneros. Valentín González (El Campesino). Enrique Líster. José Miaja. Jesús Pérez Salas. Vicente Rojo.

Artistas e Intelectuales: Rafael Albertí. Max Aub. Francisco Ayala. Arturo Barea. Agustí Bartra. Pau Casals. León Felipe. Miguel Hernández. Angel María de Lara. Antonio Machado.

Los Extranjeros: John Dos Passos. Ilya Ehrenburg. Ernest Hemingway. Arthur Koestler. Mijail Koltsov. Luigi Longo. André Malraux. Pietro Nenni. Pablo Neruda. George Orwell.

Canto a mí mismo

Canto a mi mismo

Canto a mí mismo – (Walt Whitman)

Walt Whitman es la figura capital de la lírica norteamericana; es, por antonomasia, el poeta de América. Poeta de una sola obra  –como Baudelaire, por ejemplo, con Las Flores del Mal–,  Walt Whitman fue aumentando, enriqueciendo y reelaborando sus Hojas de Hierba; la edición aparecida en 1855 tenía noventa y cinco páginas, mientras que la octava, de 1882, rebasaba ya las quinientas. De este vasto y admirable conjunto, que tanta influencia ha ejercido en la evolución de la poesía universal, una de las partes más expresivas es el Canto a mí mismo. A otro gran poeta de lengua castellana, a aquel que ha asimilado más íntimamente la lección de Whitman, a León Felipe, le estaba reservado el privilegio de traducir por vez primera el Canto a mí mismo, donde están contenidos la doctrina y el mensaje de su obra total. León Felipe ha hecho cosa muy distinta de las habituales traslaciones literales, donde suele escaparse la poesía; ha trasvasado de espíritu a espíritu, ha creado esta obra con vibración y acento genuinamente Whitmanianos. Así lo advierte en su prólogo, del mismo modo de Guillermo de Torre en el epílogo traza el itinerario de las huellas Whitmanianas en la poesía de varios países.

Aquel que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral

(Walt Whitman)