Archivo de la etiqueta: Lima

La vida exagerada de Martín Romaña

La vida exagerada de Martin Romaña

La vida exagerada de Martín Romaña – (Alfredo Bryce Echenique)

Martín Romaña, hombre que no puede concebir la vida sin una buena dosis de humor, ha sucumbido a una crisis de melancolía y soledad. Se hunde literalmente en su sillón Voltaire, y empieza a anotar en su cuaderno azul las peripecias vividas por él y otros latinoamericanos en París. En 1964, Martín, lector atento de Hemingway, rompe con su adinerada familia y abandona el Perú rumbo a la Ciudad Luz, convencido de que en ella vivirá los encantos descritos por este autor y de que logrará también escribir. Todo le resultara difícil y diferente. En efecto, Martín se casa con la tímida Inés, y descubre de golpe que ella ha pasado “del catolicismo más militante al marxismo más pío“. Inés lo lleva a un partido de extrema izquierda, en el que su tarea revolucionaria consistirá en escribir una novela sobre los sindicatos pesqueros en el Perú.

Años más tarde, Martín Romaña empieza a escribir en su cuaderno azul. Sus recuerdos se van enriqueciendo a medida que resurgen su humor y su imaginación, hasta que descubre que está escribiendo por fin una novela sobre aquel mundo de latinoamericanos en “una Ciudad Luz a la que se le han quemado los plomos“.

Esta novela, junto con “El hombre que hablaba de Octavia de Cadiz“, conforman un díptico: “Cuaderno de navegación de un sillón Voltaire

Un humorista genial: Alfredo Bryce Echenique. Como Charlot, con quien tiene tantos rasgos en común, Martín Romaña contrapone su inocencia a las asperezas de una humanidad compleja e intolerante que transforma su vida cotidiana en un perpetuo Imbroglio de desventuras burlescas” (Claude CouffonLe Monde)

El Semental Negro

El semental negro

El Semental Negro – (Salvador de Madariaga)

La magia evocadora de Madariaga nos traslada al Perú del siglo XVI, a la entonces muy joven Ciudad de los Reyes.

El autor de la serie Esquiveles y Manriques vuelve a resucitar los tiempos idos, con sus ambientes, sus personajes, sus modos peculiares y característicos. Ha terminado ya la Conquista y las nuevas generaciones de peninsulares reclaman a las tierras de ultramar fáciles riquezas e ilimitados goces.

En la flamante Lima, a la que Quito disputa aún la supremacía, el afán de enriquecerse sólo se ve superado por la todopoderosa pasión sexual. Es esta pasión simbolizada por el semental negro que Don Rodrigo Manrique de Lara ofrece al virrey y sobre el que el Conde de Nieva entra en el mismo templo. Es esa pasión que enloquece a damas y doncellas, hace temerarios a los galanes, provoca intrigas, duelos y delirios y echa por tierra los más solemnes votos. Mientras el indio sometido calla, en añoranza de la libertad perdida, la tierra parece contener un embrujo, algo que lleva a la perdición. Al fin desastroso que tuvieron el Conde de Nieva y su amante, y que el semental negro anunció a los limeños al vagar por las calles de la ciudad sin su apuesto y desaforado jinete. Al fin que rubrican una carcajada frenética y un desesperado relincho…

Don Rodrigo Manrique de Lara hizo un gesto brusco y autoritario, como de tralla manejada en el vacío, y toda la sevidumbre  –indios e indias de pie leve y mudo–  desapareció del comedor. Entre las cuatro paredes, tres blancas, una abierta por dos puertas hacia el balcón corredor, bajo los retratos de sus antepasados que lo contemplan con cara adusta y fiera, Don Rodrigo se quedó solo con Doña Catalina su mujer.

–Ahora podréis hablar claro  –la voz era fuerte, de resonancias metálicas, que armonizaban con los destellos de los ojos negros y el gris acero de la barba cuadrada y del cabello, marco y valla del paisaje fogoso de su rostro. Ella, con los ojos azules en la lejanía, la taza de porcelana azul sobre la que caía una cascada de cabellos de oro, no contestaba. Parecía estar viviendo un sueño lejano: ¿porvenir e imaginación?, ¿pasado y memoria?: eso era precisamente lo que los ojos de acero se preguntaban….