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Azaña

Azaña

Azaña – (Carlos Rojas)

Azaña, novela galardonada con el Premio Planeta 1973, no es un libro más sobre nuestra guerra civil. Es, ante todo, un extraordinario retrato del que fue presidente de la República española, retrato que, enmarcado en un contexto histórico documentado con minucia y rigor, trasciende el estricto valor biográfico para erigirse en creación literaria de primera magnitud. El autor penetra con libertad e imaginación en la historia y, sin vulnerarla, desvela matices y claroscuros que la simple crónica omitiría; llega aí, por caminos de tensión poética, al nudo existencial de su personaje.

Don Manuel Azaña, ya exiliado en Francia y en los últimos meses de su vida, rememora episodios de su acción política desde el drama de Casas Viejas hasta la retirada por los Pirineos, evoca recuerdos de infancia y juventud, paisajes irremediablemente perdidos, reflexiones filosóficas, afanes literarios, amarguras del exilio; revive sus destempladas discusiones con figuras políticas como Abad de Santillán, Prieto, Companys, Bosch Gimpera, Rojo, Hidalgo de Cisneros, y sobre todo, Negrín; el tenso duelo dialéctico que libran Azaña y Negrín descubre el hondo conflicto intimo de aquel intelectual escéptico, espectador lucido y torturado a la vez que protagonista directo del desastre de la República.

Carlos rojas, escritor de singular y excepcional relieve dentro de la literatura española contemporánea, nos ha dado una novela ambiciosa, de un estilo impecable, que recrea con fidelidad asombrosa el peculiar modo de hablar y escribir de  Azaña. Una obra de indiscutible importancia que por su concepción y factura impresionará profundamente al lector.

La Muerte de Durruti

La muerte de Durruti

La Muerte de Durruti – (Joan Llarch)

La muerte del anarquista y jefe de la columna que llevó su nombre constituye uno de los grandes enigmas de la Guerra Civil española. Joan Llarch ha conseguido reunir una valiosísima documentación con testimonios directos y fidedignos, que contiene pasajes inéditos sobre los primeros meses de la guerra, con las acciones desplegadas por el cabecilla anarquista hasta el epílogo de su vida y con las presencias personales más inmediatas. El libro pretende sólo dejar constancia objetiva de los hechos o personas que intervinieron en la contienda, y que no han sido divulgadas todavía o lo han sido sólo fragmentariamente.

El entierro de Durruti:

El cadáver llegó a Barcelona por la noche. Había llovido todo el día, y los coches que escoltaban el féretro estaban llenos de barro.
La bandera rojinegra que cubría el coche fúnebre estaba sucia.
En la casa de los anarquistas, los preparativos habían comenzado el día anterior.
El vestíbulo había sido transformado en capilla ardiente. Como de milagro, todo se había hecho a tiempo. La ornamentación era simple y sencilla.
En el recinto había en las paredes colgados paños negros y rojos, y un gran letrero que decía “Durruti dice que entréis y Durruti dice que salgáis“.

Unos milicianos custodiaban el féretro con los fusiles en posición de descanso.
La muchedumbre era tan inmensa, que costaba trabajo acercarse a la casa. El féretro lo habían traído desde Madrid. La multitud era impresionante.
La gente fumaba. Algunos se quitaban la gorra, otros no. Había mucho ruido. Algunos milicianos que venían del frente, eran saludados por sus amigos.
Los centinelas trataban de hacer retroceder a los presentes.
El rostro de Durruti en el ataúd yacía sobre seda blanca, bajo vidrio. Tenía la cabeza envuelta en una bufanda blanca que le daba aspecto de árabe… Era una escena trágica. Parecía un aguafuerte de Goya. La describo tal como la vi, para que se pueda entrever lo que conmueve a los españoles.

La muerte, en España, es como un amigo, un compañero, un obrero que se conoce en el campo o en el taller. Nadie se alegra cuando viene. Se quiere a los amigos, pero no se les importuna. Se les deja ir y venir cuando quieran.
Durruti era un amigo. Tenía muchos amigos. Se había convertido en el ídolo de todo un pueblo. Era muy querido, y de corazón. Toda la multitud allí presente, lamentaban su muerte, y ofrecían su afecto. Nadie lloraba salvo su compañera, una francesa, y la vieja criada, que probablemente nunca le había conocido. Los demás sentían su muerte como una pérdida atroz e irreparable, pero expresaban sus sentimientos con sencillez.

Callarse, quitarse la gorra y apagar los cigarrillos era para ellos tan extraordinario como santiguarse o echar agua bendita. Miles de personas desfilaron ante el ataúd de Durruti durante la noche. Esperaron bajo la intensa lluvia, en largas filas. Su amigo y su líder había muerto. No me atrevería a decir hasta que punto era dolor y hasta qué punto era curiosidad. Pero estoy seguro de que un sentimiento les era completamente ajeno: el respeto a la muerte.

El entierro se llevó a cabo al día siguiente por la mañana. Desde el principio era evidente que la bala que había matado a Durruti había alcanzado también el corazón de Barcelona. Se calcula que uno de cuatro habitantes de la ciudad había acompañado su féretro, sin contar las masa que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas, y ocupaban las azoteas y los arboles de las ramblas.

Todos los partidos y organizaciones sindicales, sin distinción habían movilizado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas ondeaban sobre los colores de todos los grupos antifascistas de España. Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante; nadie había organizado, guiado, ni ordenado a esas masas. Nada salía de acuerdo con lo planeado. Reinaba un caos inaudito.

El comienzo del funeral había sido fijado para las diez. Ya una hora antes era materialmente imposible acercarse a la casa anarquista. Los obreros de todas las fábricas de Barcelona estaban allí, en las calles abarrotadas. El escuadrón y la escolta que encabezaba el cortejo fúnebre, se hallaban totalmente bloqueados, estrujados por las masas de obreros, por todas partes se veían flores y coronas, el cortejo estaba atascado, ni podía seguir ni podía retroceder. A las 10:30 minutos el ataúd de Durruti, salió de la casa de los anarquistas cubierto con la bandera roja y negra, llevado a hombros por los milicianos de su columna.

Las masas dieron su ultimo adiós, y su ultimo saludo con el puño en alto. Cantando el himno anarquista “hijos del pueblo” Se despertó una gran emoción.
Las orquestas tocaban sin sincronización unas tocaban muy alto y otras muy bajo, los coches tocaban sus bocinas, los milicianos hacían señales, pero los que portaban el féretro no podían avanzar.
Era imposible, los puños seguían en alto, y las orquestas seguían tocando sin orden ni compas. Por último cesó la música, descendieron los puños, pero el estruendo de las masas seguía. Había muerto su líder. Y era su último adiós.
Pasó por lo menos media hora antes de que la comitiva pudiera seguir su marcha. Transcurrieron varias horas hasta que llegó a la plaza de Cataluña.
Todo el mundo gritaba a más no poder.

No era el entierro de un rey, era un sepelio organizado por el pueblo.
Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo imprevisible.
Era simplemente un funeral Anarquista, y allí estaba su majestad.
Tenía aspecto extravagante, pero en ningún momento perdía su grandeza extraña y lúgubre.
Los discursos fúnebres se hacían en el pie de la columna de Colon, donde una vez había luchado y caído a su lado el mejor amigo de Durruti.
García Oliver, el único superviviente de los compañeros habló como amigo, como anarquista y como ministro de justicia de la República Española.
Después tomo la palabra el cónsul ruso, y finalizó el discurso con el lema “Muerte al fascismo“. El presidente de de la Generalitat, Companys, comenzó diciendo “Compañeros” y termino con la consigna “Adelante“.

El programa planeado para enterrar a Durruti por sus amigos más cercanos, no llego a cumplirse… Las masas no se movieron de su sitio. El camino al cementerio estaba bloqueado. Caía ya la noche, y seguía lloviendo, la lluvia se hizo torrencial, y el cementerio se hizo un pantano… En último momento se decidió no enterrar a Durruti.
Sus compañeros decidieron llevarle de nuevo a la casa anarquista.
Durruti fue enterrado al día siguiente.

Por qué perdimos la guerra

por que perdimos la guerra

Por qué perdimos la Guerra – (Carlos Rojas)

Los Políticos: Diego Abad de Santillán. José Antonio de Aguirre. Julio Alvarez del Vayo. Manuel Azaña. Julián Besteiro. Lluis Companys. Julián Gorkín. Jesús Hernández. Dolores Ibarruri (La Pasionaria). Francisco Largo Caballero. Indalecio Prieto.

Los Militares y hombres de acción: Bruno Alonso. Anónimo. Segismundo Casado. Enrique Castro Delgado. Ignacio Hidalgo de Cisneros. Valentín González (El Campesino). Enrique Líster. José Miaja. Jesús Pérez Salas. Vicente Rojo.

Artistas e Intelectuales: Rafael Albertí. Max Aub. Francisco Ayala. Arturo Barea. Agustí Bartra. Pau Casals. León Felipe. Miguel Hernández. Angel María de Lara. Antonio Machado.

Los Extranjeros: John Dos Passos. Ilya Ehrenburg. Ernest Hemingway. Arthur Koestler. Mijail Koltsov. Luigi Longo. André Malraux. Pietro Nenni. Pablo Neruda. George Orwell.