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América libertada

América libertada – (Moisés Vincenzi)

La característica de Moisés Vincenzi está en la osadía. Dice las cosas más raras, escribe las cosas más inquietantes, hace lo que a otros nos parece imposible. Al principio creen muchos que todo es pose, que se trata de algo teatral, calculado y medido para producir efectos escénicos. Pareciera que es un tirador hábil, que conoce los secretos de la balística y lanza el proyectil después que ha calculado todos los alcances de la parábola.

Pero yo lo he visto crecer y puedo asegurar que es cosa de temperamento. Algo innato en este hombre y que forma la base de su literatura y de su vida: una osadía temeraria. En el Liceo de Costa Rica fué un estudiante imposible y, al abandonar sus aulas, dijo al director:  —Hasta luego, me echan por inútil y yo volveré a sentarme al Consejo de Profesores. Y lo cumplió—  En la Escuela Normal nos dió las más crueles inquietudes.

Fué para unos un obstáculo, para otros un censor, para algunos una calamidad, para todos una persona salida del tiesto de las normalidades. Tuvo que espantarse y se hizo cabo en un piquete de soldados que entraba a Sarapiquí. Atravesó a pie la selva y allá escribió sus “Primeros Ensayos” de Filosofía. Nadie los entendió; era una serie de inquietudes desordenadas, de ideas esbozadas y confusas, pero todos vimos en ellas un brote de osadía, un pensamiento independiente. De allí empezó a construirse, pero en el armazón de su edificio siempre ha estado viva esa característica. En sus libros y en su vida.

Le mandaron a Cuba de Cónsul y dijo cosas increíbles que le malquistaron la voluntad de todos, y tuvo que tomar el barco siguiente. Se fué a México, colado entre un grupo de bequistas y, sin representaciones sociales, roto y desvalido, se sentó a la mesa de Henríquez Ureña y discutió con Vasconcelos. Parecía entonces cerca del triunfo, pero le tiraron del corazón los hijos, la compañera, la ermita de su pueblo, y se retrajo al rincón. A padecer desprecio, a empolvarse de tedio.

Ahora mismo, cuando todos ven Meca en los Estados Unidos, él vuelve los ojos a España, al romance, al ensueño, al solar de héroes o bandidos, que andan al través de los siglos buscando las aspas del molino. Porque él va a esa España; la otra, la de las fundiciones de Baracaldo o los talleres de Sabadell, no la sospecha ni siquiera. En el fondo es un muchacho valiente, que no va con el rebaño, ni pone los pies en el sendero de todos. Que se va por vereda propia, sin importarle que le llamen loco o cuerdo.

Nadie ha sido más discutido entre nuestra juventud de letras. Nadie ha sufrido tanto las burlas de unos, los desdenes de otros, las torpezas de los más. Y él va, va, como el mancebo de Longfellow, cada vez más arriba. ¿Para donde? Nadie lo sabe. Ni él mismo quizá. Lo más seguro es, para donde le llevan sus pies, acostumbrados al peñasco árido y crudo. Eso sí, sin miedo a estar solo, a ser blanco de opiniones diametralmente encontradas.

Es un genio para unos, un necio para otros, un pedante para muchos, un charlatán para algunos. Le llaman unos pensador, otros filósofo, otros le juzgan un pobre diablo. Lo único que sabemos es que es él, que no se parece más que a él y que, de un modo u otro, este Moisés Vincenzi, es una juventud que cautiva por la osadía con que manifiesta su pensamiento y su inquietud.