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Zalacaín el Aventurero

Zalacain el aventurero

Zalacaín el Aventurero – (Pío Baroja)

El autor sigue a Martín Zalacaín desde su más tierna infancia, cuando su tío Miguel de Tellagorri se hace cargo de su educación. Una educación que alejará al niño de los bancos de la escuela para adiestrarlo en otras habilidades de carácter más práctico: caza, pesca, contrabandismo. Gracias al modo de vida de Tellagorri, cuyo lema vital es “Firmes“, Martín se convierte en un joven fuerte y valiente y rápidamente emprende una vida aventurera.

Las peripecias de Martín tienen como telón de fondo la última guerra carlista. La guerra es siempre un escenario ideal para las aventuras, una conmoción de la que nacen mil avatares. Baroja supo aprovechar para documentarse las crónicas que su padre, Serafín Baroja, escribió como corresponsal para un diario durante la última guerra carlista. Pespuntean, pues, la novela datos, fechas y personajes reales que descubren al lector contemporáneo las vicisitudes de una guerra civil infame.

Sin embargo, el joven Zalacaín no tomará parte en la guerra sino en su propio beneficio. Pasando suministros de contrabando a través de la frontera francesa para pertrechar al bando carlista, Martín logrará hacerse con una fortuna, aunque arriesgando siempre la vida y viéndose de continuo en situaciones comprometidas.

Sin embargo, no es el dinero lo que mueve a Zalacaín. Tampoco el amor, aunque en la novela se insertan los contratiempos de unos amores contrariados. Lo que anima a Martín a perseguir lances arriesgados es más bien una adicción, el deseo de verse en medio de una situación que le permita poner en práctica ese “Firmes” que su tío le inculcó.

No hay más (ni menos) en esta novela. Baroja no quiso convertir a Zalacaín en un hombre de acción según el concepto filosófico que suele aplicar en sus obras. Antes bien, buscó convertirlo en un héroe al estilo clásico, procurándole un final trágico. Martín es, simplemente, un aventurero que busca la acción por la acción, sin perseguir otro objetivo.

Al leer Zalacaín el aventurero es imposible no tener presente La feria de los discretos, novela en la que se encuentra aventura a raudales, pero también esa idea, propia de Baroja, que gira en torno de la necesidad del ser humano de buscar un sentido a la propia existencia; para casi siempre concluir por comprender que se ha buscado ese sentido en el lugar equivocado. Pero Baroja no pretendía infiltrar ninguna idea en las aventuras de Martín Zalacaín, y fue esta una novela sin demasiadas ambiciones literarias.

Pio Baroja y su tiempo

Pio barojaa

Pío Baroja y su tiempo – (Sebastián Juan Arbó)

Lejos de mí daros la razón; mientras yo viva no dejaré que me arranquen mi inocencia. Mantendré con fuerza mi justicia y no la negaré

(Job – 27: 5, 6)

En sus conversaciones con Goethe, refiere Ekermann una frase del pota a propósito de un crítico alemán de su época, frase que me pareció siempre admirable. Tal vez resulte un poco exagerada para los tiempos que corren; a mi juicio, encierra una lección profunda, a la vez que nos revela la amplia libertad de espíritu de aquel hombre excepcional.

La conversación versaba aquél día sobre un libro de crítica, del que era autor Schlegel, libro que acababa de aparecer. Sabida es la escasa consideración que, en general, le merecían a Goethe los críticos, y la más escasa que le inspiraba Schlegel en particular.

A propósito del libro, se habló de diversos autores clásicos comentados en él y la conversación recayó al fin en los trágicos griegos. Goethe expuso sus dudas, no sin ironía, sobre la autoridad de Schlegel ante aquellas grandes figuras y sobre los títulos que pudiera tener para ocuparse de ellos, y sobre todo, criticarlos.

Goethe se detuvo en Eurípides, a quien el crítico dedicaba sus más fuertes censuras comparándolo con Esquilo, proclamado por Schlegel como el mejor. “No quiero con esto  –dice Goethe–  dar a entender que Eurípides carezca de defectos; pero, en todo caso, fue un digno competidor de Sófocles y de Esquilo. Un poeta como él, de quien Sócrates se llamaba amigo, a quien alababa Aristóteles y admiraba Menandro; un poeta por cuya muerte se vistieron de luto Sófocles y la ciudad de Atenas, algo debía de representar. Y cuando un hombre moderno, por más que se llame Schlegel, se atreve a señalarles faltas, debiera por lo menos hacerlo de rodillas.