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La amada inmóvil

La amada inmóvil – (Amado Nervo)

Es la obra más conocida y popular del poeta mexicano Amado Nervo, en ella grita su dolor por la pérdida del gran amor de su vida.

El 31 de agosto de 1901 Amado Nervo conoció en París, en una calle del Barrio Latino, a Ana Cecilia Luisa Dailliez, quien se convertiría en el amor de su vida. De hecho, esta mujer se convirtió en su amor secreto, su musa enjaulada. Así lo confirma el hecho de que, al ser nombrado segundo secretario de la embajada de México en Madrid, Nervo se instaló con Ana Cecilia en el piso segundo izquierdo del número 15 de la madrileña calle de Bailén, donde ni los porteros de la casa supieron de la existencia de aquella mujer. El 17 de diciembre de 1911, Ana Cecilia contrajo una fiebre tifoidea que le provocó una lenta agonía, también secreta, ya que Nervo la atendió a escondidas, hasta la noche del 7 de enero de 1912 en que murió su musa. La amada inmóvil es el poema que nació esa noche en que Nervo veló en soledad el cadáver de quien fue su amada.

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Poesias 2

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EL ENVIDIOSO

Duermen las aves de la selva umbría,

cuando en las altas crestas de occidente,

al soplo helado del nocturno ambiente

su luz se apaga el moribundo día.

Duermen los ecos que la mar bravía, cuando alejando el huracán rugiente,

cesando en sus bramidos la rompiente,

suaves murmullos con la brisa envía.

Y duerme en el estruendo de la guerra

el soldado en el foso descubierto,

y el caminante en la escarpada sierra,

Y el pobre pescador lejos del puerto:

todos duermen, al fin, sobre la tierra…

¡Tan solo el envidioso está despierto!

EL PARDAL

Era una tarde de cellisca fría,

Horrible tarde de granizo y hielo,

Plomiza nube oscureciendo el cielo

Su luz robaba al moribundo día.

Cuando yo vi que a la ventana mía

llegó un pardal con fatigado vuelo,

Y el mísero piando sin consuelo

Albergue y pan a un tiempo pedía.

Halló en mi pecho albergue contra el frío,

Bebió en mi cáliz y comió en mi plato,

Honréle de hijo con el dulce nombre;

Más ¡oh dolor! cuando llegó el estío

Y vio las mieses, el pardal ingrato…

Huyó de mi, como si fuera un hombre!

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Poesías de Antonio F. Grilo

Al Conde de TORRES-CABRERA y del menado alto, con el recuerdo de cariño y Eterna gratitud.

Mi amigo Grilo: He sabido, y no por los periódicos, que vas a dar a luz tu gallarda colección de poesías, y como yo conozco la mayor parte de ellas, y porque las conozco las admiro, no quiero ser el último en darte la enhorabuena.

Creo que no has elegido la mejor ocasión para decir por medio de un libro, a los que no te conocen, que eres un gran poeta; porque a pesar de todos los prodigios de la imprenta, el libro está en desuso.

Se escribe, se imprime y se lee más rápidamente cualquier periódico; cosa bien natural si adviertes que el carácter distintivo de nuestra época es “estar de prisa”

Tenemos demasiado en qué pensar para pensar un libro, y demasiado que hacer para leerlo. Un periódico ya es otra cosa. Se escribe al trote, se imprime al galope, y se lee a escape.

Un libro, lo mismo para hacerlo que para leerlo, lo primero que nos pide es tiempo, y he ahí precisamente lo que no podemos darle.

El día tiene veinticuatro horas, ocho las debemos a nuestros negocios; otras ocho se las llevan como un soplo, nuestros placeres; ¿y no hemos de dormir siquiera otras ocho?

Sin embargo, no te apures, querido Antonio, tan triste consideración, porque todavía quedan gentes entusiastas que, apartándose a un lado del camino por donde corre desbordado el tumulto de nuestros días, leen tranquilamente los libros que merecen ser leídos, buscando en ellos un placer honesto, una enseñanza útil, y el motivo de una admiración justa.

Estas gentes leerán tu libro, y sentirán, leyéndolo, la agradable impresión de ese rico color de esa viva armonía que sabes dar a la forma de tus pensamientos.

Sabrán que eres un gran poeta, y se admirarán de que haya aún quien dedique su entendimiento a buscar consonantes, cuando todo el mundo ha dedicado su alma entera a buscar dinero.

EL PRIMER BESO

En el cielo la luna sonreía,

Brillaban apacibles las estrellas,

Y pálidas tus manos como ellas

Amoroso en mis manos oprimia

El velo de tus párpados cubria

Miradas que el rubor hizo más bellas,

Yel viento a nuestras tímidas querellas

Con su murmullo blando respondía.

Yo contemplaba en mi delirio ardiente

Tu rostro, de mi amor en el exceso;

Tu reclinabas sobre mi frente…

¡Sublime languidez! dulce embeleso,

Que al unir nuestros labios de repente

Prendió dos almas en la red de un beso.